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    <title>Pildoritas libreria valencia</title>
    <link>http://www.bibliocafe.es/pildoritas.php</link>
    <description><![CDATA[ BiblioCafé, Pildoritas recientes. ]]></description>  
    <language>es-es</language>
    <pubDate>Sat, 18 May 2013 16:13:47 +0200 GMT</pubDate>
    <lastBuildDate>Sat, 18 May 2013 16:13:47 +0200 GMT</lastBuildDate>
    <docs>http://blogs.law.harvard.edu/tech/rss</docs> 
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      <title>Tiempo de cenizas (comienzo)</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=33</link>
      <description><![CDATA[—¡El reo ha jurado decir verdad! —clamó el alguacil.<br />
Y el eco de sus palabras rebotó en las paredes del enorme espacio del Tinell de Barcelona, la gran sala de ceremonias de los antiguos reyes de Aragón. Su grandiosidad estaba destinada a empequeñecer e intimidar a los visitantes, fueran embajadores o vasallos. Sin embargo, el rey ya no estaba allí.<br />
El lugar desde donde antes el monarca impartía justicia se había convertido en la madriguera del dragón, la cueva de la fiera de múltiples cabezas que aterrorizaba a la ciudad: la Inquisición. El sitio del trono lo ocupaban ahora una silla y una robusta mesa situadas sobre una tarima elevada tres escalones por encima del suelo de piedra. Un dosel de tela negra colgaba por la espalda y los costados del entarimado protegiendo el sitial del frío y las corrientes de aire. Allí se encontraba el inquisidor.<br />
El fraile dominico, con hábito blanco y capucha negra calada, parecía indiferente a lo que ocurría a su alrededor y movía los labios en un rezo silencioso leyendo su libro de oraciones. La luz mortecina de aquella tarde lluviosa, que penetraba por los grandes ventanales situados a su derecha, no le bastaba y se ayudaba con un candil apoyado en la mesa.<br />
No fue hasta poco después de oír al alguacil que el monje levantó la vista para clavar sus ojos en el reo. El candil le iluminaba el rostro desde abajo y resaltaba una pronunciada barbilla, una nariz ganchuda y unas cejas de pelos largos.<br />
—¿Quién eres? —interrogó con voz áspera.<br />
El hombre que se erguía frente a él percibió un revuelo de plumas que rasgaban el papel: los funcionarios de la Inquisición se apresuraban a anotar el interrogatorio.<br />
—Joan Serra. —Y al decir su nombre se irguió un poco más. Aquella sala le traía recuerdos trágicos de cuando apenas era un niño encogido de terror. Habían transcurrido muchos años y él había cambiado. Ahora miraba al juez a los ojos, casi desafiante.<br />
—Joan Serra ¿qué? —preguntó el fraile.<br />
—Joan Serra de Llafranc —repuso el hombre con voz firme.<br />
El inquisidor contempló al reo con interés. Los acusados solían mirarle temerosos, pero aquel no parecía sentir miedo. Era alto y fornido, mostraba<br />
una poderosa nariz que debía de haber achatado ligeramente un golpe y que le confería un aspecto audaz, y lucía el pelo castaño cortado a media melena y unas pobladas cejas sobre unos ojos oscuros de aspecto felino que le miraban fijamente.<br />
—¿A qué te dedicas?<br />
—Soy librero.<br />
—¡Ah, librero! —repitió el inquisidor. Su tono era amenazante, como si aquella afirmación le hubiera hecho ya culpable. <br />
Joan miró a su derecha. Anna, su amada esposa, se encontraba de pie, flanqueada por dos oficiales de la Inquisición. Pensó en las argollas de hierro, que estarían hiriéndole las muñecas. Sus hermosos ojos verdes estaban húmedos y ambos se miraron unos instantes con ternura. ¡Qué intenso fue el intercambio! Como si quisieran recordarse sus largos años de amor. Después, el hombre volvió sus ojos al fraile, que le contemplaba desde detrás de su mesa, en lo alto de la tarima. Le observaba igual que un ave carroñera lo haría con su presa.<br />
—Sí. Librero e impresor.<br />
—¡Impresor! —El tono del inquisidor se hizo más duro.<br />
—Sí. Librero e impresor —insistió Joan—. Y por cada libro que vos hicisteis quemar, yo imprimí e hice circular diez.<br />
La barbilla del fraile pareció caer. Le miraba boquiabierto. Nadie se atrevía a hablarle así a él. Nadie desafiaba a un inquisidor. Aquel loco le decía a la cara lo que a otros les tenía que sacar con tortura.<br />
Pero Joan no miraba al fraile, sino a Anna, que había soltado un quejido ahogado al oír sus palabras. Movía la cabeza con incredulidad y pesar; acababa de comprender lo que su esposo pretendía con aquella declaración suicida. Él trató de confortarla con una sonrisa que apenas se dibujó en su rostro, pues de inmediato su atención fue hacia uno de los individuos que la custodiaban. Era un pelirrojo enorme y panzudo que le miraba con sus oscuros ojos sanguinolentos y una sonrisa de triunfo en la boca.<br />
Era Felip Girgós, el fiscal de la Inquisición, su odiado enemigo, que contemplaba satisfecho la derrota final del librero. Sin embargo, aquel matón<br />
había dejado de tener importancia para Joan. Dirigiéndose de nuevo al fraile, que aún no había reaccionado, dijo:<br />
—Y cuando yo muera, los de mi gremio seguirán haciendo lo mismo hasta que los libros y la cultura destruyan vuestra Inquisición.<br />
El inquisidor cerró la boca y apretó los dientes. Le costaba creer lo que veía y oía. Le asombraba el desparpajo de aquel hombre, su coraje. Frunció el ceño mientras aquellas palabras resonaban en su interior. Contempló al que sería su próxima víctima, que le miraba erguido, en silencio y con la cabeza alta.<br />
Por un momento pudo ver en sus ojos el futuro que le vaticinaba, un tiempo nefasto en el que los libros libres derrotarían a la Inquisición y acabarían con ella. De pronto, el fraile tuvo la certeza de que aquel tiempo llegaría, y sintió temor. Después, rabia.<br />
—¡Arderás en la hoguera! —rugió.<br />
Joan afirmó con la cabeza y al inquisidor le pareció que una sonrisa asomaba en los labios de aquel hombre que debería temblar de miedo en lugar de mirarle desafiante.<br />
Se levantó de su asiento, encolerizado, y de un manotazo apartó los papeles y el libro, que cayeron al suelo. La llama del candil osciló peligrosamente mientras este se balanceaba al borde de la mesa. Su luz proyectaba sombras lúgubres en la faz del fraile.<br />
—¡Quemado! —insistió gritando—. ¿Te enteras? ¡Serás quemado vivo!<br />
El reo hizo otro gesto de asentimiento. Lo entendía perfectamente y eso era lo que había estado buscando. Su actitud tranquila, casi complacida, enrabietó más al juez, que descargó un puñetazo sobre la mesa.<br />
El candil cayó ocultando al fraile en las sombras que producían su capucha y el dosel. El aceite se desparramó sobre el libro y los papeles de la Inquisición caídos al suelo, que empezaron a arder. Los soldados corrieron a apagar el fuego mientras el inquisidor parecía gruñir dentro de su oscura madriguera, y Joan volvió su atención a su esposa, que le miraba con una tierna tristeza. La amaba desde el día en que la vio por primera vez, anheló con desesperación compartir con ella su vida, y ahora la acompañaría en la muerte. Sabía que la acusación que le había llevado frente al inquisidor le hubiera condenado a una muerte rápida, benévola; la que no tendría su esposa por culpa de aquel maldito fiscal pelirrojo.<br />
Ella sería ejecutada en la hoguera sin la clemencia que aplicaban a los que reconocían sus culpas: morir antes al garrote. Estaba destinada a ser quemada viva. Ahora él, después de su desafío, también. Temía al fuego, aunque mucho más dejarla sola en sus últimos instantes. Anna le miraba llorosa negando con la cabeza mientras trataba de sonreírle con cariño.<br />
Sabía que él lo había hecho todo para acompañarla en la más horrible de las muertes. Para estar juntos hasta el final.<br />
Joan se incorporó del lecho sobresaltado. Jadeaba y tenía el cuerpo cubierto de sudor. Aquella pesadilla era angustiosamente real y recordaba haber sentido algo semejante al despertarse unos días antes. ¿Serían premoniciones, avisos de un trágico futuro?<br />
Se dijo que se encontraban a salvo en Roma, que la Inquisición y Felip, el matón pelirrojo, estaban muy lejos, en España, donde seguramente él jamás regresaría.<br />
Era finales de octubre, la luz del amanecer se filtraba ya por los ventanucos de la habitación y Joan contempló en la cálida penumbra a Anna, dormida con su melena azabache abierta cual abanico sobre las almohadas.<br />
Estaba bellísima. Quiso acariciarla con las manos, pero, temiendo despertarla, lo hizo solo con la mirada.<br />
¡Había luchado tanto por ella! No se cansaba de contemplarla, se decía que era suya y le costaba creer su fortuna. Hacía solo unos meses que era su esposa y despertarse a su lado era una sorpresa dichosa. Al verla en la mañana, al sentir su calor, al comprender que estaban juntos, su corazón daba brincos de felicidad.<br />
Al lado de Anna dormía, en su cuna, un niño de ocho meses de aspecto sano que sonreía en su sueño. El día anterior había abierto la boca, en la que se empezaban a mostrar los primeros dientes, para balbucir algo parecido a «papá». Joan deseaba que el pequeño abriera los ojos, que le contemplara de aquella forma suya, tan particular, y que volviera a sonreírle.<br />
Aquella mirada que al principio le turbaba ahora le daba paz, le bendecía, le perdonaba. Sin embargo, el recuerdo de la pesadilla regresó y con él la inquietud.<br />
¿Le advertía de algo? Miró hacia la puerta de la habitación, que mantenía atrancada por la noche a pesar de estar en su casa, rodeado de gentes que le eran fieles. Y contempló la azcona que estaba sujeta en la pared de al lado. Era una lanza corta, semejante a un arpón de pescador. Había visto morir a su padre con ella en las manos mientras defendía a su familia de los piratas que asaltaban su aldea de Llafranc, en la costa norte catalana.<br />
Jamás olvidaría aquellos momentos, ni las últimas palabras de su padre, ni la promesa de ser libre que le hizo. Aquella arma era el símbolo de su familia y de la libertad.<br />
Joan se levantó del lecho, se acercó a la azcona para acariciarla y percibió en ella aquella vibración especial que le hacía sentir más fuerte y seguro.<br />
Él lucharía por los suyos tal como había hecho su padre, los mantendría a salvo y aquella pesadilla jamás se haría realidad.<br />
—¡Nunca! —musitó tratando de ahuyentar las trágicas imágenes—. ¡Jamás ocurrirá!]]></description>
      <pubDate>Fri, 15 Mar 2013 19:31:41 +0100</pubDate></item><item>
      <title>Absolución, de Luis Landero (Fragmento)</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=32</link>
      <description><![CDATA[¿Será posible que, al fin, hayas logrado ser feliz?, piensa mientras se afeita y observa en el espejo su cara radiante de felicidad. Porque es de felicidad, no hay duda, y en ese caso tenían razón los otros, los enterados, los sabios, los expertos. Todo era cuestión de esperar, de ir madurando, de encontrar tu ritmo, de no perder la fe, se lo habían dicho sus padres, sus profesores, sus amigos, sus novias, se lo habían dicho Montaigne y Bertrand Russell y los viajeros anónimos con los que emparejaba el paso en el camino de la vida, que tuviera paciencia, que no hiciera un drama del más pequeño contratiempo, que fuese reconciliándose consigo mismo y con el prójimo y ya vería como al final encontraba su lugar en el mundo. Y ahora, en efecto, lo había encontrado, había surgido casi sin buscarlo, como un obsequio del destino. O mejor, una ofrenda.<br />
No, quizá el mundo no es tan azaroso y contingente<br />
como a ti siempre te ha gustado creer. Y era curioso. Porque a lo largo de su vida había conocido<br />
a todo tipo de gente que no era feliz pero que sin embargo sabía indicar muy bien la senda que lleva a la felicidad. Haz esto, te decían, o haz lo otro, ve por allí, no se te ocurra tomar aquel atajo, ten cuidado no vayas a caer en aquel hoyo o a tropezar en esa piedra, no comas de esa fruta, de esa fuente puedes beber pero de aquella de allá no, sigue todo derecho, tuerce a la izquierda, haz noche en tal mesón, pasa de largo, ¿dónde vas tan ligero o tan cargado de equipaje?, ¿por qué andas tan deprisa o<br />
por qué tan despacio?... Siempre le asombró eso, lo mucho que todos saben de la felicidad y lo poco que esa ciencia les aprovecha para poner remedio a sus desdichas.<br />
Un día, allá en la adolescencia, un profesor citó en<br />
clase una frase de Pascal: «Todos los infortunios del hombre vienen de no saber estarse quieto en un lugar». Fue como una iluminación, porque eso era justo lo que le ocurría a él, que no sabía estarse quieto en ningún sitio, y esa era la razón por la que no era feliz ni podría serlo nunca. Era llegar a cualquier parte o conocer a alguien, y a los pocos días, o acaso horas, e incluso minutos, la gente y las cosas empezaban ya a fatigarle y a estorbarle. Se<br />
llamaba Lino, y hasta su propio nombre le estorbaba también.<br />
Lino, le decían, y él miraba extrañado, medio arrugando el rostro, porque aquella palabra que lo nombraba no parecía que tuviera nada que ver con él. Lino, qué absurdo, qué ridículo. ¿Por qué la vida era así de rara, de arbitraria, de inhóspita? Y sin embargo hoy esa palabra tiene un sentido, y hasta suena bonita. Ese eres tú, pues claro que sí. Lino, o<br />
Nilo (el río que todo lo anega para que todo vuelva a<br />
renacer), como lo llama Clara, el gran amor de su vida, el único, el imperecedero, con quien se casará el domingo, por cierto, aunque hoy es jueves y hasta entonces queda una eternidad. Y el lunes —maletas de cuero, neceseres, carritos rodantes— se irán de viaje de novios a Australia, y al instante resuenan en su memoria algunos nombres emblemáticos de aquel lejano continente: Kimberley, Davenport, Elliott, Alice Springs... ¡Australia! Parece mentira, con qué arte sutil va tejiendo el destino las vidas con los hilos del tiempo y del espacio. Lino: no, no estaba mal escogido ese nombre, y lo pronuncia en alto, y se<br />
acerca al espejo buscando en su cara los claros, los sencillos, los misteriosos signos de la felicidad. Estás guapo, le dice el espejo, y él le corresponde con una sonrisa seductora de gratitud, y otra vez piensa en la cantidad de recetas tan sabias como inútiles que le han dado desde niño para ser feliz y cómo ahora la dicha llega porque sí, sin más ni más, sin llamar a la puerta ni dar explicaciones. Ahora, al fin, había acabado su continuo y estéril deambular<br />
de un lugar para otro, siempre huyendo sin saber de qué, buscando algo que acaso ni siquiera existía en su imaginación.<br />
Por eso, al escuchar aquella frase de Pascal, de inmediato la apuntó en su cuaderno, porque acababa de descubrir en ella el secreto de su carácter, de su más recóndito modo de ser. He ahí su vida definida en unas pocas y esenciales palabras. Sí, eso es lo que le pasaba a él, que no encontraba acomodo en ningún sitio. ¿Por qué? Imposible saberlo. Muchas cosas lo inquietaban y luego lo aburrían. Así que hacia los quince o dieciséis años decidió de una vez por todas que la vida no estaba hecha para él, cómo iba a estarlo, y menos aún cuando un día por ejemplo su padre se acercaba (lo oía avanzar por el pasillo con sus andares destartalados) y con la punta de la garrota lo hurgoneaba en las costillas. ¿No era ya hora de hacerle una visita a don Gregory? Ah, qué tiempos aquellos. Y su madre, allá donde estuviera, soltaba de inmediato su retahíla:<br />
«Claro que ya va siendo hora», gritaba. «Lávate bien,<br />
péinate con agua, córtate las uñas, límpiate las botas y ponte ropa limpia, y sé cariñoso y simpático, y servicial, y sonríe, y no vayas a aparecer allí carraspeando y haciendo cosas raras y con esa cara de funeral que tienes siempre, que pareces un viejo. Y camina derecho, que vas a quedarte medio jorobado de tanto andar encogido, silbando y con las manos en los bolsillos».<br />
Y el padre: «Ya has oído», y luego bajaba la voz y la<br />
ponía en plan cómplice: «Tú no seas tonto y hazle caso a tu madre, que a lo mejor cualquier día nos hacemos ricos y nos embarcamos los tres para Australia, tu madre, tú y yo. O nos compramos un coche descapotable y nos vamos a Asturias a pescar salmones. ¿No te gustaría? Aquellos ríos no son como estos de por aquí. Los ríos del norte son cantarines, y de aguas bravas, frías y transparentes.<br />
Y tú y yo nos vestiremos de pescadores de verdad, con<br />
botas altas de goma, chaleco verde y sombrerito tirolés. Como Franco, el muy cabrón». Y la madre: «Y quédate allí hasta la hora de cenar. No vayas a irte a las primeras de cambio, como haces siempre, que ya está bien de esa manía ridícula que tienes de escaparte de todos lados nada más llegar». «¡Hala, date prisa que ya vas con retraso!», lo urgía su padre, y volvía a darle en las costillas con la punta<br />
de la garrota.<br />
Así que se lavaba, se peinaba, se lustraba el calzado, se ponía su mejor ropa, salía de casa, cruzaba el río, sucio y con vetas de grasa y remansos de espumas venenosas en las orillas, y se metía en el metro como si descendiera a los mismísimos infiernos. No, el mundo no era un buen lugar para vivir (tírate, vamos, ven, ya verás como no duele, le susurraba el tren al acercarse), y por otro lado cómo estarse quieto en un sitio, cómo escapar a la tentación de ponerse en marcha hacia cualquier otra parte, de convertir la vida en una fuga interminable, como ciertos héroes del cine con los que tanto se identificaba y que parecían condenados a vagar por el mundo como ánimas en pena.<br />
Cínicos, altaneros y buenos silbadores, y cansados de vivir, como tiene que ser, como él mismo era ya, sin necesidad de haber vivido tanto. Pero sus fugas y aventuras tenían poco de heroicas. La residencia quedaba muy lejos, casi en la otra punta de Madrid, y después del trayecto en metro aún tenía que caminar un buen trecho por unos desmontes y solares, y luego por una zona exclusiva de chalés de gran lujo.<br />
Al pasar por allí remansaba el paso para recrearse por entre los claros de los setos y de las puertas enrejadas en la contemplación de los jardines, de los porches (donde solía haber hamacas, livianas lámparas colgantes y poltronas de mimbre), los miradores de cristal velados por visillos muy tenues, que debían de crear dentro un maravilloso<br />
ámbito de intimidad, los muros cubiertos de hiedra, las hojas caídas en el césped, porque hasta eso resultaba allí bonito y artístico, las buhardillas forradas de pizarra, el azul fosforescente y nervioso de las piscinas, las canchas de tenis, los cenadores, las glorietas. O el humo de las chimeneas, que no era el humo atareado de las casas pobres sino el elegante y el ocioso, el que parecía hecho para ilustrar una estampa idílica de Navidad. ¿Cómo sería vivir en un lugar así? No, Pascal no tenía razón, qué iba a tener. En una de esas mansiones sí que podía uno estarse quieto y contento para toda la vida. Y junto a las aceras había aparcados automóviles de ensueño, deportivos y grandes berlinas, y él pegaba la cara a las ventanillas para mirar la velocidad máxima del cuentakilómetros, las palancas y los botones, y casi podía percibir el olor a cuero y a maderas preciosas y a aquel otro aroma indefinible, embriagador, que exhalaban el lujo y el dinero. Luego carraspeaba y seguía adelante.<br />
A veces, cuando regresaba ya de anochecida, las luces<br />
de las ventanas y los porches se proyectaban desvanecidas por los jardines, titilaban en las gotas de agua del césped recién regado, y dentro de las casas se oía acaso una voz, una risa, una música, el ladrido de un perro guardián, y luego era el silencio acunado por el susurro de los árboles,<br />
y en todo aquello él veía signos dichosos de una vida leve, que parecía flotar sobre el tiempo, sobre la sucia y enferma realidad del mundo de diario.<br />
Una vez que pasó por allí con su padre para ir a ver a don Gregory, intentó calcular, el padre, el precio de aquellos coches y chalés. Porque el padre era un experto en traducir las cosas a dinero. Ese contenedor cuesta tanto, esos bidones de alquitrán tanto, el traspaso de ese local tanto, y tanto esa grúa, o esa carga de chatarra, o esa partida de sacos de cemento. Pero con los coches y chalés no fue capaz, no le salían las cuentas. Aquellas cosas tan selectas escapaban a su capacidad de cálculo. También a él, por cierto, le gustaba especular con el dinero, y a veces se imaginaba que era rico y que podía permitirse todos los caprichos que quisiera. Se paraba en las tiendas y en los restaurantes<br />
de postín. Examinaba la carta y decía: Hoy voy<br />
a comer esto y esto, y también esto, y siempre elegía lo más refinado y lo más caro. Por ejemplo: De aperitivo me va a poner unas alondras con salsa de trufas y unas conchas de púrpura, de primero sopa de ostras, de segundo merluza con gambas y faisán con uvas, y de postre una espuma de chocolate amargo y una torre de frutas exóticas con miel. Más allá, en una sastrería, se compraba cuatro o cinco trajes, dos chalecos, un sombrero de fieltro que le había dicho cómprame, por favor, llévame contigo, por lo<br />
que más quieras no me dejes aquí, y varios pares de zapatos; y luego un reloj, unos prismáticos, una motocicleta.]]></description>
      <pubDate>Wed, 06 Feb 2013 09:18:28 +0100</pubDate></item><item>
      <title>Así comienza "La loba de Al-Ándalus" de Sebastián Roa</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=31</link>
      <description><![CDATA[Primera parte<br />
Capítulo 1<br />
La sangre de su sangre <br />
Verano de 1151. Tierras de Segura, señorío de Hamusk. <br />
Zobeyda siempre había sentido fascinación por los augurios, y ahora iba a conocer uno, quizás el más importante de su vida. <br />
Alargó el puño derecho e, incapaz de detener su temblor, extendió el dedo índice hacia delante. Frente a ella, la vieja, armada con una aguja, sonrió antes de punzar con tino la yema de la joven. Zobeyda dejó escapar un gritito inconsciente, pero el goterón de sangre le produjo un imprevisto placer. Aquella lágrima roja se alargó hasta caer en el centro de la olla humeante y despertó las burbujas que dormitaban en su interior. Una segunda gota siguió a la primera, y luego llegó una tercera. La vieja hizo desaparecer la aguja entre sus ropajes negros y bastos, acercó la cara al pote y dejó que la humareda acariciase su ajada piel. Se pasó la lengua por los labios agrietados y entornó los ojos. Luego, sin separar la vista del fondo del perol, asintió con lentitud. <br />
–La sangre de tu sangre... Sí, la sangre de tu sangre. <br />
–¿Qué significa...? <br />
–Shhh –se quejó la vieja sin apartar la mirada del puchero–. La sangre de tu sangre. Eso es lo que unirá este lado con el otro. <br />
–No sé qué quiere decir eso. <br />
–Yo tampoco. Solo leo lo que el destino me deja ver. <br />
Maricasca, la bruja, levantó por fin la vista del perol. Su mirada despertó una náusea en Zobeyda. <br />
–Te pago con largueza, vieja. Esperaba algo más. <br />
–¡Pues no hay más, morita! <br />
La joven apretó los labios. <br />
–Muestra respeto, bruja. Estás ante una reina. <br />
–Aaay, tú, una reina... No hay reinas moras. No desde el tiempo de tu profeta. Hasta una vieja ignorante como yo sabe eso. Además, ya te lo he dicho: es la sangre de tu sangre la que unirá este lado con el otro. Tal vez vea coronas también. Tronos y palacios. Pero ¿a ti? A ti no te he visto aquí dentro. <br />
Maricasca dijo aquello con voz firme, pero los ojos entornados y la nariz arrugada añadían un punto de burla a sus palabras. Zobeyda se asomó al interior del perol e intentó interpretar aquellos pétalos blancos que flotaban destrozados en el agua. La yema del huevo de cárabo que Maricasca había vertido se deshacía lentamente en jirones ambarinos y dibujaba grumos, revueltas y tirabuzones que bajaban hasta el fondo del pote y volvían a subir con reventar de burbujas. La joven buscó con la mirada en aquel caos humeante. <br />
–¿Dónde está la sangre? <br />
Maricasca apuntó con su dedo sarmentoso. <br />
–Pues ahí, agarrada a la yema del huevo. <br />
–No veo nada. No hay coronas, ni tronos. No veo lados que deban unirse. <br />
La bruja frunció el ceño y añadió a su piel una miríada más de arrugas. Se inclinó de nuevo sobre el perol. <br />
–Creo que ya lo tengo. Sí, sí... Ya lo entiendo. Yo veo cosas porque soy la bruja. Y tú no. Tú solo eres una morita con ínfulas. ¿Me vas a pagar o no? <br />
Zobeyda suspiró. Aquella vieja bruja era insoportable. Si no fuera por la fama que tenía... Devolvió la vista al potingue espumoso. Intentó de nuevo hallar algún significado en aquel batiburrillo de trozos de pétalo de lirio, cáscaras de huevo y hojas de enebro, cantueso y alhucema. Y sobre todo trató de interpretar aquello de la sangre de su sangre. Unir este lado y el otro. ¿Qué significaba toda esa palabrería? Retiró la cara del vaho al notar un leve vértigo. <br />
El humo subía en lentas volutas, se estrellaba mansamente contra el techo rocoso de la gruta y resbalaba por entre las rendijas como si tuviera vida propia. Las dos mujeres, una vieja y arqueada y la otra joven y esbelta, se hallaban en lo más profundo de la cueva, iluminadas por las llamas vacilantes de dos hachones a medio quemar. La luna nueva había dejado la vega del río a oscuras, pero los campesinos de la aldea cercana, que jamás visitaban a la bruja Maricasca en su arreñal, habían hecho una enorme hoguera al otro lado del cauce para celebrar la llegada del verano. El resplandor del fuego llegaba atenuado a la gruta, abierta a media ladera y renegrida por años y años de puchero, lumbre y candela. <br />
–¿Cómo puedo saber el significado de tu vaticinio? –preguntó Zobeyda–. ¿Por qué no puedes decirme más? <br />
–Ayyy, que Judas me confunda... Ya te lo he dicho. Yo veo las hierbas y te las leo –respondió la vieja sin levantar su vista nublada del cazo humeante–. Las hierbas escriben el porvenir, y aquí solo pone eso: la sangre de tu sangre unirá este lado y el otro. <br />
Zobeyda se levantó con un movimiento rápido y anduvo hacia la salida de la cueva. Estaba mareada, sin duda por aquella maldita pócima y por el humo de los hachones que iluminaban la gruta. Miró afuera, hacia la cercana aldea. <br />
En el lado opuesto del arreñal, donde el río, brillaba con fuerza la hoguera encendida por los campesinos. Hasta Zobeyda llegaron apagados los cánticos y las risas. Pero ella no escuchaba las obscenas letras de las canciones. Solo pensaba en el extraño augurio de Maricasca. Repasó una vez más las instrucciones que la bruja le había dado unas semanas atrás: las hierbas necesarias, dónde cortarlas, qué noche y con qué mano debían recogerse; el día entero en ayunas que Zobeyda tenía que pasar; el mucho cuidado en que el huevo fuera de cárabo, o de carabo, así, sin esdrujulear, como Maricasca decía; ah, y las cruces: que por muy morita que fuera, Zobeyda debía hacerse tres cruces antes de entrar en la cueva. Y las tres cruces se las había hecho, por supuesto. Pensó que tal vez eso de ser mahometana había podido torcer el sortilegio, por mucho que dijera saber la bruja. Sangre de su sangre. Aquello podía interpretarlo. Pero lo de unir un lado y el otro... ¿Eso era un augurio? ¿Y qué auguraba? <br />
–Soy musulmana, vieja –le dijo a Maricasca sin volverse–. ¿No será por eso todo tan confuso? He venido aquí para conocer el destino, no para llevarme preguntas sin respuesta. <br />
Se oyó una risita apagada y cavernosa, y Zobeyda sintió un escalofrío. <br />
–Todas las preguntas tienen respuesta. Cosa tuya será encontrarla. O no. Y la sangre no sabe de moros ni de cristianos –contestó Maricasca con voz pastosa–. Además, que tú ya eras infiel de niña, y mira si erré entonces. ¿A que no? ¿A que no erré? <br />
–No –reconoció Zobeyda. <br />
–Y que oye, que si por eso fuera, tú eres morita lo mismo que yo cristiana: de aquí –se tocó los labios con un dedo–. Y el huevo este no era de carabo, era de dragón. O parecido. <br />
La joven sonrió por el comentario de la bruja. De más la conocía. <br />
–Pero es que no lo entiendo. Algo hemos hecho mal... <br />
–Ya, ya. Lo mismo me dijiste de niña. Y mírate ahora. <br />
Zobeyda se volvió en ese momento. La hoguera de la vega dejó de reflejarse en sus ojos grandes y negros, y su mirada se hundió en la penumbra ahumada de la caverna. <br />
–¿Por qué ves cosas que yo no veo? –preguntó a la vieja, que se encorvaba sobre el perol espumante–. ¿Por qué lo viste entonces? <br />
La anciana se irguió con dificultad y agarró su garrota, apoyada en una de las ennegrecidas rocas de la cueva. Caminó venciéndose a la izquierda y llegó hasta el borde de la gruta. Se detuvo junto a Zobeyda y extendió la mano arrugada y sarmentosa hacia la hoguera que los lugareños habían encendido. <br />
–Por la misma razón por la que ellos me rehúyen –respondió–. Porque soy Maricasca, la bruja del arreñal, y sé leer en las hojas y en los troncos de los árboles, en las piedras del río y en los lamentos de los gatos. <br />
La vieja empalmó la última palabra con un remedo de maullido y este con una carcajada que resonó bajando la ladera pedregosa, cruzó el arreñal y se metió por entre las cabañas de la aldea. Por un momento, las risas y grititos de los campesinos se acallaron y solo se oyó la brisa, que agitaba las hojas de los chopos cercanos. Un par de figuras se acercaron con premura y pisando fuerte sobre el terreno áspero. <br />
–Mi señora, ¿va todo bien? –preguntó una voz masculina. <br />
–Todo bien, capitán –se apresuró a contestar Zobeyda. <br />
Las dos siluetas volvieron a ser tragadas por la oscuridad y la mujer miró a la anciana, tan encorvada sobre sí misma que su tamaño apenas alcanzaba el de una niña. La joven reflexionó unos instantes y un brillo de triunfo iluminó sus ojos negros. <br />
–Ahora yo también comprendo. Creo. Mi hijo Hilal. Sangre de mi sangre. Cuando crezca, él conquistará ciudades. Ceñirá corona y ocupará su trono. Unirá reinos enteros. Eso quiere decir, ¿verdad? <br />
La vieja encogió sus huesudos hombros. <br />
–Piensa lo que quieras. El tiempo dirá si te equivocas. O a lo mejor mueres antes de que el vaticinio se cumpla, que también puede ser. <br />
–Es suficiente, vieja bruja –sonó la voz de quien había contestado como capitán de la guardia. La vieja intentó taladrar la oscuridad, pero solo pudo ver una figura que se confundía con la noche–. Mi señora vivirá largos años. Verá nacer a muchos más hijos. E incluso a sus nietos. Guarda tus malos presagios para los porqueros de esa aldea. <br />
–Ah, no. Que la morita me ha prometido buenos dineros. –Maricasca señaló a Zobeyda con el cayado–. Y si hay dineros, Maricasca lee las hierbas. <br />
–Dinero tirado. –El capitán de la guardia habló de nuevo sin dejarse ver–. Tus augurios son tan oscuros que podrían significar cualquier cosa. Además, para cuando sepamos algo con certeza, tus huesos estarán mondos –la voz había ido cobrando un tono sarcástico–. Si por mí fuera, no te pagaría ni un dinar. <br />
–¡Basta! –interrumpió tajante Maricasca, y extendió la palma de la mano hacia Zobeyda–. No me gusta lo que dice ese hombre. Quiero mis dineros ya. Morabetinos de tu rey, morita. <br />
La joven hizo un gesto de rabia, rebuscó entre sus sayas y sacó una bolsita tintineante que la bruja se apresuró a agarrar. Luego, con una agilidad mucho mayor que la que había demostrado hasta ese momento, Maricasca desapareció en el interior de la gruta. <br />
–Eres una loca o realmente estás borracha de tanto aspirar hierbajos, vieja bruja. –El capitán se acercó hasta la boca de la cueva. Al salir de la sombra descubrió sus ropas oscuras, pero la bruja ya no podía verlo–. Mi señora te hará despellejar viva. ¡Sal aquí y revela tus acertijos! <br />
–No, déjala. –Zobeyda alzaba una mano ante el hombre–. Es así como funciona esto. También fue así cuando yo era niña. <br />
El capitán extendió el brazo cuando su señora hizo ademán de descender la ladera, y esta lo cogió y se apoyó en él para alejarse de la gruta. <br />
–La sangre de mi sangre –repitió el augurio en un susurro– unirá este lado y el otro. <br />
Día siguiente. Camino de Segura <br />
–La sangre de mi sangre... <br />
Zobeyda repitió la frase una vez más. Había perdido la cuenta de qué número hacía aquella ocasión. Paseaba la mirada por la orilla del río sembrada de olmos, y su mente vagaba acunada por el suave sonido del agua que se deslizaba valle abajo. Era pronto aún; el sol apenas había rebasado las copas de los álamos y fresnos más altos. Abú Amir adelantó su caballo y lo hizo andar al paso junto al carro a medio cubrir de Zobeyda. Ella miró a su amigo, aunque no lo vio, y una vez más movió sus labios lentamente pero sin emitir sonidos, repitiendo en silencio la enigmática profecía de la vieja Maricasca. <br />
Zobeyda, 20 años de tentación andalusí, era, a poco que se cavilase, la mujer más hermosa que aquella tierra había dado en generaciones. Ya de niña, sin necesidad de criada ni esclava que la aderezase, era capaz de sacar partido de su tremenda belleza hasta convertirse en algo que a la fuerza debía de ser pecaminoso, fuérase del credo que se fuera; ahora, con la veintena cumplida y un parto doble en sus caderas, sabía hacerse aplicar la justa cantidad de alheña, de hojas de añil, de polvo de antimonio o aceite de narciso. Nada era casual o distraído en ella: cada mirada de reojo, cada gesto que apartaba una trenza a un lado, cada lento parpadeo. Tenía la tez clara de su estirpe, de ascendencia cristiana y norteña, pero su pelo era negro como el de sus súbditas de raza bereber. Sus ojos oscuros y almendrados llenaban su cara, atraían las miradas y traspasaban los corazones. No había varón, fiel o infiel, que pudiera resistir el encanto de Zobeyda si ella se decidía a asaetearlo con su vista. Bajo el suave óvalo de su rostro, el cuello daba paso a un busto bien cumplido, al gusto musulmán, y a la par desafiante, al gusto cristiano. Zobeyda era insolente, cosa sabida por más que todos lo callaran ante ella, y no gustaba de cubrir sus encantos con velos o ropas anchas. <br />
Aquella mañana, libre ya de las toscas sayas del día anterior –necesarias por otra parte para ocultar su condición a los campesinos–, Zobeyda vestía un sedoso brial, a la costumbre cristiana que su esposo había llevado a palacio; y aunque sus trenzas oscilaban libres, se coronaba con una pequeña diadema de gladiolos, sus flores preferidas. Recostada sobre los mullidos almohadones que recubrían el carruaje, mostraba con descuido una pierna hasta la rodilla, dejaba colgar el pie descalzo a un lado y lo mecía al ritmo con el que traqueteaban las ruedas por la senda rumbo a Segura. El tobillo, rodeado de argollitas que tintineaban con cada bache y guijarro que tomaban, era delgado y mostraba una piel firme, sin rastro de imperfección a lo largo del empeine. <br />
–No sé por qué crees en esas patrañas, niña –le reprochó Abú Amir–. Además, no te queda bien caer en supercherías. <br />
Zobeyda escapó de sus divagaciones y dedicó una sonrisa luminosa a quien se había hecho pasar la noche anterior por capitán de su guardia. <br />
–Ahora me saldrás con el sermón de siempre, ¿verdad? <br />
–Hace tiempo que sé que eres tan piadosa como yo, niña. Es decir: nada –Abú Amir miró hacia delante y se aseguró de que no eran escuchados por la auténtica guardia de la reina. Tan solo el criado que tiraba de las mulas podía oírlos, pero su fidelidad, como la del resto de los sirvientes personales de la mujer, estaba fuera de duda–. Y también sé desde hace mucho que eres demasiado lista para creer en supersticiones. Nunca he entendido ese defecto tuyo. Fiar en augurios y en buenaventuras. ¿No te da vergüenza? <br />
Zobeyda fingió ofenderse y se llevó la mano a la boca, irreverentemente descubierta por el velo que caía a un lado de su cuello. <br />
–Te haré despellejar vivo –imitó la voz de Abú Amir al amenazar a Maricasca. Ambos rieron con discreción. <br />
–Es bueno que te diviertas, ya lo sabes –continuó él con sus reproches–, pero te repito que no es propio de una reina emplear tanto tiempo y esfuerzo en los delirios de una vieja cristiana loca. Y esos talismanes que llevas. Y los amuletos. Ah, por favor. <br />
Zobeyda tocó por instinto la bolsita parda que colgaba entre sus pechos, rellena de dientes de zorro para esquivar el mal de ojo. <br />
–Entonces, ¿no debo creer en la bruja? ¿Y cómo explicas que su vaticinio de hace años se cumpliera al pie de la letra? <br />
Abú Amir miraba hacia el camino mientras mantenía su corcel al paso, avanzando junto al carro tirado por mulas en el que viajaba la reina Zobeyda. Hizo un gesto con la mano para quitar importancia al comentario de su señora. <br />
–No sé nada de ese vaticinio de hace años. Jamás <br />
me lo has contado. Pero sin duda, si acertó enton-<br />
ces, fue también por casualidad. Quizá buen tino y conocimiento de la gente. Además, sé que tú misma no acabas de creerte estas engañifas. Y si no, ¿por qué me has hecho acompañarte a ver a esa loca del demonio? <br />
–Pues precisamente para lo que no estás haciendo –Zobeyda siguió con la vista la corriente del río–: aclararme lo que yo no entienda. <br />
–Ah, era eso... Pues bien, te lo explicaré de inmediato: una vieja chiflada quiso cocer un huevo con beleño y cuatro hierbajos más. Al momento, y como suele ocurrir con el beleño, la bruja aspiró el humo venenoso y se sumió en el trance, o cayó en una pesadilla, o se dejó llevar por la ilusión de la borrachera... Como tú prefieras, niña. Todo lo demás es delirio puro, y los he visto mejores en alguna que otra fiesta de las que da tu esposo en palacio. <br />
–Ah, como quieras. Así pues, la bruja estaba borracha. Y sin embargo, desde la Sierra Morena a las montañas de la Idúbeda, Maricasca tiene fama de acertar siempre. <br />
–No andamos faltos de gente ignorante en al-Ándalus, es verdad. Al menos Maricasca es tan lista como para aprovecharse de ello. Una virtud admirable. <br />
Zobeyda hizo un gesto de fastidio, tiró de la tela que cubría el carro y se ocultó de la vista de Abú Amir. Habló desde dentro una vez más. <br />
–Maricasca estaría ya muerta, despeñada o degollada por los campesinos cristianos de esa aldea si no fuera porque siempre acierta y vienen a verla de todo al-Ándalus, tanto fieles como infieles. Cuando yo era niña, mi padre me llevó hasta ella y pagó una fortuna a la bruja para que me hiciera un vaticinio. Y no se equivocó. <br />
La comitiva se había detenido para la oración del mediodía. Tras limpiarse en las frescas aguas del río, soldados y criados llevaban a cabo el rito girados hacia levante mientras las mulas, desenganchadas del carro, abrevaban con tranquilidad y espantaban las moscas a coletazos. Zobeyda se había recostado a la sombra de un chopo sobre un ancho paño bordado. A través de los sauces podían verse ya las tierras rojizas plagadas de olivos que precedían al cerro en el que se elevaba Segura. Abú Amir, por su parte, estaba sentado sobre una piedra al borde del río y jugueteaba con una rama de majuelo que sumergía en la corriente. <br />
Muhammad ibn Áhmed ibn Amir at-Turtusí, al que todos conocían como Abú Amir, era un hombre de gran atractivo físico y en la plenitud de su vida. Había nacido en Tortosa treinta y un años antes, y ejercía la ciencia de la curación; los varones de su familia hasta lo que podía recordarse habían sido médicos de renombre. La proximidad de la frontera y los roces con los cristianos habían llevado a Abú Amir, hombre dado a la buena vida y las pocas complicaciones, a abandonar Tortosa y trasladarse a Murcia. Allí, por su incuestionable inteligencia, se había convertido en uno de los médicos más solicitados...<br />
]]></description>
      <pubDate>Sun, 23 Sep 2012 23:17:22 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Primer capítulo de Misión olvido, de María Dueñas</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=30</link>
      <description><![CDATA[CAPÍTULO 1<br />
A veces la vida se nos cae a los pies con el peso y el frío de una bola de plomo.  <br />
Así lo sentí al abrir la puerta del despacho. Tan próximo, tan cálido, tan mío. Antes. <br />
Y, sin embargo, a simple vista, no había motivo para a desazón. Todo permanecía tal como yo misma lo había dejado. Las estanterías cargadas de libros, el panel de corcho repleto de horarios y avisos. Carpetas, archivadores,  carteles de viejas exposiciones, sobres a mi nombre. El calendario congelado dos meses atrás, julio de 1999. Todo se mantenía intacto en aquel espacio que durante catorce años había sido mi refugio, el reducto que curso a curso acogía a manadas de estudiantes perdidos en dudas, reclamos y anhelos. Todo seguía, en definitiva, igual que siempre. Lo único que había cambiado eran los puntales que me <br />
sostenían. De arriba abajo, en canal.<br />
Pasaron dos o tres minutos desde mi llegada. Quizá fueron diez, quizá no llegó a uno siquiera. Pasó el tiempo necesario , en cualquier caso, para tomar una decisión. El primer movimiento consistió en marcar un número de teléfono. Por respuesta obtuve tan sólo la <br />
cortesía congelada de un buzón de voz. Dudé entre colgar o no, ganó lo segundo. <br />
—Rosalía, soy Blanca Perea. Tengo que marcharme de aquí, necesito que me ayudes. No sé a dónde, igual me da. A un sitio en donde no conozca a nadie y en donde nadie me conozca a mí. Sé que es un momento pésimo, con el curso a punto de empezar, pero llámame cuando <br />
puedas, por favor. <br />
Me sentí mejor tras dejar aquel mensaje, como si me hubiera desprendido del mordisco de un perro en mitad de una pesadilla espesa. Sabía que podía confiar en Rosalía Martín. En su comprensión, en su voluntad. Nos conocíamos desde que ambas comenzamos a dar nuestros <br />
primeros pasos en la universidad, cuando yo era aún una joven profesora con un escuálido contrato temporal y ella la responsable de nutrir un recién gestado servicio de relaciones internacionales. Tal vez la palabra amigas nos viniera demasiado grande, puede que su consistencia se hubiera diluido con el paso de los años, pero conocía el temple de Rosalía y estaba por eso segura de que mi grito no iba a caer en el fondo de un saco cargado de olvidos.  <br />
Sólo después de la llamada conseguí reunir las fuerzas necesarias para hacer frente a las obligaciones de aquel septiembre que acababa de arrancar. El correo electrónico se abrió como una presa desbordada ante mis ojos y en su caudal me sumergí un buen rato a medida que respondía a algunos mensajes y desechaba otros por trasnochados o carentes de interés. <br />
Hasta que el teléfono me interrumpió y contesté con un escueto soy yo. <br />
—Pero ¿qué es lo que te pasa a ti, loca? ¿A dónde quieres ir tú a estas alturas? ¿Y a cuento de qué vienen estas prisas?  <br />
Su voz arrebatada me devolvió al vuelo la memoria de tantos momentos vividos años atrás. Horas eternas frente al blanco y negro de la pantalla de un ordenador prehistórico. Visitas compartidas a universidades extranjeras en busca de intercambios y convenios, habitaciones dobles en hoteles sin memoria, madrugadas de espera en aeropuertos vacíos. El tiempo <br />
había separado nuestros caminos y quizá el músculo de la cercanía había perdido vigor. <br />
Pero quedaba la huella, los posos de una vieja complicidad. Por eso le narré todo sin reservas. Con una sinceridad rasposa, omitiendo valoraciones. Sin lamentos ni adjetivos. <br />
Sin red. <br />
En un par de minutos supo lo que tenía que saber. Que Alberto se había ido de casa. Que la supuesta solidez de mi matrimonio había saltado por los aires  en los primeros días del verano, que mis hijos ya volaban por su cuenta, que había pasado los dos últimos meses intentando ajustarme torpemente a mi nueva realidad y que, al enfrentarme al nuevo curso, me faltaba la energía para mantenerme a flote en el mismo escenario de todos los años: para agarrarme una vez más a las rutinas y responsabilidades como si en mi vida no hubiera habido un corte tan limpio y certero como el de la carne atravesada por el filo de un cristal. <br />
Con los noventa kilos de pragmatismo que conformaban el volumen de su cuerpo, Rosalía absorbió de inmediato la situación y entendió que lo último que yo necesitaba eran remedios compasivos o consejos con azúcar. No hurgó por ello en los detalles ni me ofreció su hombro mullido como consuelo. Tan sólo me planteó una previsión que, tal como yo anticipaba, bordeó en principio la crudeza. <br />
—Pues me temo que no lo vamos a tener demasiado fácil, cariño—. Habló en plural, asumiendo de inmediato el asunto como algo propio de las dos. —Los plazos para cosas interesantes llevan meses cerrados —añadió— y a las próximas convocatorias de becas potentes aún les quedan unos meses. De todas maneras, dame un poco de tiempo, porque acabamos de arrancar hace tan sólo un rato y aún no sé si en las últimas semanas nos ha entrado algo nuevo, a veces llegan cosas sueltas o imprevistas. Déjame hasta última hora a ver si doy con algo y luego te cuento. <br />
Pasé el resto de la mañana  deambulando por la universidad. Firmé papeles pendientes, devolví libros a la biblioteca, tomé un café después. Nada me absorbió lo bastante, sin embargo, como para obligarme a permanecer paciente a la espera de la llamada. No tuve sosiego, me faltó el valor. A las dos menos cuarto golpeé con los nudillos la puerta entreabierta de su despacho. Dentro, oronda sin complejos y con el pelo teñido de color violeta, trabajaba Rosalía. <br />
—Iba a llamarte ahora mismo— anunció sin darme siquiera tiempo a saludarla. Señaló entonces la pantalla con el dedo índice recto como un misil y procedió a desgranar las noticias que me tenía reservadas. —He rescatado tres cosas que no están del todo mal, han llegado a lo largo de las vacaciones. Más de lo que yo esperaba, para qué voy a mentirte. <br />
Tres instituciones y tres actividades distintas. Lituania, Portugal y Estados Unidos. California, concretamente. Ninguna es una bicoca, ojo, en todas prometen sacarte bien la pringue y poco aportarían a tu currículum, pero menos da una piedra, ¿no? ¿Por dónde quieres que empiece? <br />
Encogí los hombros mientras apretaba los labios conteniendo lo que tal vez podría haber llegado a ser una minúscula sonrisa: el primer atisbo de ilusión en demasiado tiempo. <br />
Rosalía se ajustó sus gafas de montura verde-chicle, desvió de nuevo la mirada hacia el ordenador y escrutó su contenido.<br />
—Lituania, por ejemplo. Buscan especialistas en pedagogía lingüística para un nuevo programa de formación docente. Dos meses. Tienen una subvención de la Unión Europea y les exigen un grupo internacional. Y esto es lo tuyo, ¿no?  <br />
Efectivamente, aquella era, más o menos, mi área de trabajo.<br />
Lingüística aplicada, didáctica de lenguas, diseño curricular. Por esos senderos llevaba caminando dos décadas de mi vida. Pero antes de sucumbir al primer canto de sirena, preferí indagar un poco más. <br />
—¿Y Portugal? <br />
—Universidade do Spirito Santo, en Sintra. Privada, moderna, mucha pasta. Han montado un máster en enseñanza del español como L2 y buscan expertos en metodología. El plazo termina el viernes, o sea, ya. Un módulo intensivo de doce semanas con horas de clase para parar un tren. No pagan mal, así que imagino que habrá solicitudes a punta de pala. Pero te respaldan tus muchos años en el tajo y nosotros tenemos un rollo estupendo con la Spirito Santo, así que igual no nos resulta demasiado difícil conseguirlo. <br />
Aquella oferta parecía infinitamente más tentadora que la de Lituania. Sintra, con sus bosques y sus palacios, tan próxima a Lisboa, tan cercana a casa a la vez. La voz de Rosalía me sacó de la ensoñación. <br />
—Y, por último, California—continuó sin despegar la vista de la pantalla. —Esta posibilidad la veo más en el aire, pero la podemos mirar, por si acaso. Universidad de Santa Cecilia, al norte, cerca de San Francisco. La información que tenemos es bastante escasa de momento: la propuesta acaba de entrar y todavía no he podido pedirles más datos. <br />
Aparentemente se trata de una beca que financia una fundación privada, aunque el trabajo se realizaría en la propia universidad. No ofrecen una dotación para echar cohetes, irías justita de money. <br />
—¿En qué consiste, básicamente? <br />
—Tiene algo que ver con una recopilación y clasificación de documentos, y buscan a alguien de nacionalidad española con grado de doctor en cualquier área de las humanidades. <br />
Se quitó entonces las gafas y apostilló:<br />
—Se supone que este tipo de becas está destinado a gente con menos nivel profesional que tú, por lo que irías sobrada a la hora de baremar candidatos. Y California, chica, es toda una tentación así que, si quieres, puedo intentar informarme algo más. <br />
—Sintra— insistí rechazando  el nuevo ofrecimiento. Doce semanas. Lo bastante quizá como para que mis heridas dejaran de escocer. Lo suficientemente lejos como para desvincularme de mi realidad más inmediata, lo suficientemente cerca como para volver con <br />
frecuencia si la situación diera tres saltos mortales y todo regresara a su cauce de una vez. <br />
—Sintra, sin dudarlo— rematé con rotundidad. <br />
Media hora más tarde me marché del despacho de Rosalía con la solicitud electrónica enviada. Llevaba también mil detalles en la cabeza, un puñado de papeles en la mano y la sensación de que quizá la suerte, muy, muy de refilón, había decidido al fin ponerse de mi <br />
lado. <br />
El resto del día transcurrió en una especie de limbo. Comí un sándwich vegetal sin hambre en la cafetería de la facultad, seguí trabajando por la tarde medio desconcentrada y a las siete asistí con ganas escasas a la presentación del nuevo libro de un colega del <br />
departamento de Prehistoria. Intenté escaparme en cuanto terminó el acto pero, sin fuerzas para negarme, unos cuantos compañeros me arrastraron con ellos en busca de una cerveza fría. Cuando por fin llegué a casa eran ya cerca ya de las diez. Antes de encender siquiera la luz, en la penumbra todavía, vi cómo el contestador automático parpadeaba insistente en una esquina del cuarto de estar. Recordé entonces que había apagado el móvil al empezar la presentación y había olvidado encenderlo a su fin. <br />
El primer mensaje era de Pablo, mi hijo pequeño. Encantador, incoherente y difuso: con música estruendosa y risas de fondo, me costó trabajo entender sus palabras atropelladas.<br />
—Madre, soy yo, dónde te metes... te he llamado al móvil un montón de veces para decirte… para decirte que... que no voy a volver esta semana tampoco, que me quedo en la playa, y que si... que si... que bueno, que luego te sigo llamando, ¿vale?  <br />
Pablo, murmuré mientras buscaba su cara entre los estantes de la librería. Allí estaba, fotografiado decenas de veces. A veces solo y casi siempre con su hermano, tan parecidos los dos. Las sonrisas eternas, el flequillo negro metido en los ojos. Secuencias alborotadas de sus veintidós y veintitrés años. Indios, piratas y Picapiedras en funciones de colegio, <br />
soplos de tartas con velas cada vez más numerosas. Campamentos de verano, árboles de Navidad. Retazos impresos en papel  Kodak, recortes de la memoria de una familia compacta que, como tal, ya había dejado de existir. <br />
Con mi hijo Pablo todavía danzándome en la mente, pulsé de nuevo la tecla del contestador para escuchar el siguiente mensaje. <br />
—Eeeeh... Blanca, soy Alberto. No contestas en el móvil, no sé si estarás en casa. Eeeeh... te llamo porque tengo que... mmm... para decirte que...eeeeh... bueno, mejor te lo cuento después, cuando te localice. Te llamo luego. Adiós, hasta luego, adiós. <br />
Me inquietó la voz tan torpe de mi marido. De mi ex-marido, perdón. No tenía idea de lo que quería decirme, pero su tono anticipaba noticias poco gratas. Mi primer impulso fue, como siempre, pensar en que algo podría haber pasado a alguno de mis hijos. Por el mensaje previo sabía que Pablo estaba en orden; rescaté entonces apresuradamente el móvil de mi bolso, lo encendí y llamé a David. <br />
—¿Estás bien? — inquirí impaciente nada más oír su voz. <br />
—Sí, claro, yo estoy bien. Y tú, ¿cómo estás? <br />
Sonaba tenso. Quizá fuera tan sólo una falsa percepción a causa de la distancia. Quizá no.<br />
—Yo, bueno, más o menos…—aclaré. —Lo que pasa es que me ha llamado papá y...— <br />
—Ya lo sé– interrumpió. --A mí también me acaba de llamar. ¿Cómo te lo has tomado? <br />
—¿Cómo me he tomado qué? <br />
—Lo del niño. <br />
—¿Qué niño? <br />
—El que va a tener con Eva. <br />
Sin pensar, sin percibir, sin ver. Con la misma sensibilidad que un mausoleo de mármol o el bordillo de una acera, así permanecí colgada del vacío durante un tiempo cuya extensión no pude medir. <br />
Cuando fui otra vez consciente de la realidad, volví a escuchar la voz de David gritando desde el teléfono caído en mi regazo. <br />
—Sigo aquí— respondí por fin. Y sin darle tiempo a indagar más, concluí la conversación. <br />
—Todo está bien, luego te llamo.  <br />
Me quedé inmóvil en el sofá, contemplando la nada mientras trataba de digerir la noticia de que mi marido iba a tener un hijo con la mujer por la que me había dejado apenas dos meses atrás. El tercer hijo de Alberto: ese tercer hijo que nunca quiso tener conmigo a pesar de mi larga insistencia. El hijo que nacería de un vientre que no era el mío y en una casa que no <br />
era la nuestra.]]></description>
      <pubDate>Thu, 30 Aug 2012 22:46:56 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Fragmento de "La leyenda del ladrón" de Juan Gómez-Jurado</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=29</link>
      <description><![CDATA[Premio de Novela Fernando Lara 2007<br />
<br />
PROLOGO<br />
Amitad de camino entre E´cija y Sevilla septiembre de 1587<br />
<br />
Una manta de calor cubría la tierra. Los cascos de los caballos reverberaban en el Camino Real. Un hombre enjuto y de rasgos afilados encabezaba el grupo, seguido por dos carros tirados por pencos grises. Dos mozos para cuidar de las bestias y tres ganapanes para cargar con los sacos de trigo iban a bordo de los vehículos. Cerraba la comitiva una recua de mulas, que tragaba estoicamente el polvo que levantaban ruedas y herraduras.<br />
El que lideraba la marcha retorció las riendas entre los dedos. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no clavar las espuelas en los ijares del caballo y galopar hacia Écija. Estrenaba aquella jornada el cargo de comisario de abastos del rey, encargado de reunir trigo para la Grande y Felicísima Armada que Felipe II estaba preparando para invadir Inglaterra.<br />
Como antiguo soldado que era, aquel encargo llenaba<br />
al nuevo comisario de orgullo y responsabilidad. Sentía que iba a contribuir a la gloria que iba a conquistarse en los próximos meses. Si no podía sostener él mismo un mosquete —pues en una batalla librada dieciséis años antes había perdido el uso de una mano— al menos podría alimentar a quienes los empuñasen.<br />
Tampoco sería tarea fácil. Los campesinos y terratenientes no verían con buenos ojos las requisas de grano. El comisario portaba vara alta de justicia, así como permiso para romper cerraduras y saquear los silos, sin más obligación que dejar a cambio un  pagaré real. Un pedazo de papel por el fruto de sus  esfuerzos no sería bien recibido por quienes doblaban el espinazo sobre la tierra, especialmente cuando era notoria la lentitud de la Corona a la hora de  satisfacer las deudas en las que tan alegremente se embarcaba.<br />
El comisario interrumpió sus pensamientos cuando el<br />
ondulante camino pedregoso reveló una casucha a tiro de piedra.<br />
—Es la venta de Griján, señoría —dijo alguien esperanzado desde uno de los carros. El trayecto desde Sevilla hasta Écija era duro, y los hombres confiaban que se les diera la oportunidad de rascar el polvo del sendero con una jarra de vino.<br />
El comisario hubiese continuado la marcha. Se sentía capaz de cargar un millón de sacos de trigo sobre su espalda.<br />
Le faltaba una semana para entrar en la cuarentena, pero seguía siendo un hombre mucho más fuerte de lo que daban a entender su delgadez y sus ojos vivos y tristes.<br />
—Pararemos a descansar un rato —respondió sin volverse.<br />
Al fin y al cabo, las bestias tenían que abrevar. Bajo aquel sol ardiente hombres y mulas podían aguantar aún muchas millas, pero los caballos eran otro cantar.<br />
El instinto le dijo enseguida que algo no marchaba bien. No hubo perros que saludasen la llegada de la comitiva con alegres ladridos al borde del camino. Tampoco nadie asomó a la puerta de la venta atraído por el ruido de hombres, ruedas y animales. Sólo había un silencio pegajoso y perturbador.<br />
El lugar era pequeño y miserable. Un edificio cuadrado<br />
y basto, encalado en un blanco deslucido, con un chamizo de madera por cuadra. Más allá se extendía un huerto de olivos, pero la vista del comisario no llegó tan lejos. Sus ojos se quedaron clavados en la puerta.<br />
—¡Alto! ¡Volved a los carros!<br />
Los hombres, que ya corrían en dirección al pozo que<br />
había a unos pasos de la venta, se quedaron plantados en el sitio. Cuando siguieron la mirada del  comisario, todos ellos hicieron a la vez la señal de la cruz, como movidos por una mano invisible.<br />
Del chamizo asomaba el brazo escuálido y desnudo de<br />
un cadáver. El rostro ennegrecido y lleno de bubas del<br />
muerto no dejaba lugar a dudas sobre la razón de su fallecimiento: era la marca inconfundible de un asesino despiadado, un terror que alimentaba las pesadillas de todo hombre, mujer y niño de aquellos tiempos.<br />
—¡La peste! ¡Virgen Santa!—dijo uno de los ganapanes.<br />
El comisario repitió su orden en tono imperioso y el grupo se apresuró a cumplirla, como si el mero hecho de estar en contacto con el suelo polvoriento pudiese transmitirles la enfermedad. Cinco días de terrible tormento y al final la muerte, inevitable. Eran muy pocos los que se salvaban. Iba a dar la orden de partir, cuando una voz interior se lo impidió.<br />
«¿Y si hay alguien dentro que necesite ayuda?» Intentando dominar su miedo, el comisario descendió<br />
del caballo. Rodeando al animal, extrajo un pañuelo de las alforjas y se lo colocó sobre el rostro, haciendo un nudo en la nuca. Había pasado largo tiempo en Argel, cautivo de los moros, y había observado que sus médicos a menudo empleaban esta medida cuando tenían que atender a alguien infectado por la plaga. Caminó hacia la casa despacio, manteniéndose tan lejos del cadáver del chamizo como le fue posible.<br />
—¡No entréis ahí, señoría!<br />
]]></description>
      <pubDate>Tue, 19 Jun 2012 18:19:40 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Primer capítulo de La sombra de la sirena, de Camilla Läckberg</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=28</link>
      <description><![CDATA[–¡Pero si ya han pasado tres meses! ¿Cómo es que no lo encontráis?<br />
Patrik Hedström observaba a la mujer que tenía delante. Se la veía más cansada y mustia cada vez que pasaba por allí. Y acudía a la comisaría de Tanumshede todas las semanas. Todos los miércoles. Desde un día de principios de noviembre en que desapareció su marido.<br />
–Hacemos todo lo que está en nuestra mano, Cia. Ya lo sabes.<br />
La mujer asintió sin pronunciar palabra. Le temblaban las manos levemente en el regazo. Luego lo miró con los ojos llenos de lágrimas. No era la primera vez que Patrik presenciaba aquella escena.<br />
–No volverá,¿verdad que no? –Ahora no solo le temblaban las manos, sino también la voz, y Patrik tuvo que combatir el impulso de levantarse, bordear la mesa y abrazaraaquella mujer tan frágil. Tenía la obligación de comportarse de un modo  profesional,aunque tuviera que ir en contra de su instinto protector. Reflexionó sobre cómo debía responderle. Finalmente, respiró hondo y dijo:<br />
–No, no creo que vuelva.<br />
La mujer no hizo más preguntas, pero Patrik se dio cuenta de que sus palabras no habían hecho más que confirmar lo que Cia Kjellner ya sabía. Su marido no volvería a casa jamás. El 3 de noviembre, Magnus se levantó a las seis y media, se duchó, se vistió,<br />
se despidió de sus dos hijos y luego de su mujer. Poco después de las ocho, lo vieron salir de casa para ir al trabajo en Tanumsfönster. A partir de ahí, nadie sabía dónde se había metido. No se presentó en la casa del compañero que lo llevaría en coche al trabajo. En algún punto del trayecto entre su casa, situada en la zona próxima al estadio deportivo, y la casa del compañero, junto al campo de minigolf de Fjällbacka, Magnus había desaparecido.<br />
Había repasado toda su vida. Habían enviado una orden de búsqueda, habían hablado con más de cincuenta personas, tanto del trabajo como con familiares y amigos. Buscaron deudas de las que hubiese querido huir, amantes, desfalcos en su lugar de trabajo, cualquier cosa que pudiera explicar que un hombre formal de cuarenta años, con dos hijos adolescentes, desapareciera un día así, de improviso. Pero nada. No había datos que indicasen que se hubiese marchado al extranjero, y tampoco habían sacado dinero de la cuenta que tenía con su mujer. Magnus Kjellner se<br />
había convertido en un espectro.<br />
Cuando Patrik hubo acompañado a Cia a la salida, llamó discretamente a la puerta de Paula Morales.<br />
–Adelante –Se oyó enseguida la voz de su colega, y Patrik entró y cerró la puerta tras de sí.<br />
–¿Otra vez la mujer?<br />
–Sí –respondió Patrik tomando asiento en la silla, frente a Paula. Puso los pies en la mesa pero, ante la mirada iracunda de su colega, se apresuró a bajarlos otra vez.<br />
–¿Crees que está muerto?<br />
–Sí, eso me temo –admitió Patrik. Por primera vez, manifestó en voz alta el temor que había albergado desde los primeros días de la desaparición de Magnus–. Lo hemos revisado todo y el hombre no tenía ninguna de las razones habituales para desaparecer por voluntad propia.Todo parece indicar que, sencillamente, salió de casa y luego… ¡se esfumó!<br />
–Pero no hay cadáver.<br />
–No, no hay cadáver –confirmó Patrik–. ¿Y dónde vamos a buscar? No podemos dragar el mar, y tampoco peinar el bosque de las afueras de Fjällbacka. Solo podemos sentarnos a esperar que alguien lo encuentre.Vivo o muerto. Porque lo cierto es que ya no sé cómo seguir con este caso. Y tampoco sé qué decirle a Cia cuando se presenta aquí cada semana con la esperanza de que hayamos progresado algo.<br />
–No es más que su modo de sobrellevarlo.Así le parece que está haciendo algo, en lugar de quedarse sentada en casa esperando. Yo, por ejemplo, me volvería loca. –Paula echó una ojeada a la foto que tenía junto al ordenador.<br />
–Sí, claro, ya lo sé –dijo Patrik–. Pero no por eso me resulta más fácil.<br />
–No, claro.<br />
Se hizo el silencio en el pequeño despacho, hasta que Patrik se levantó.<br />
–Esperemos que aparezca. Sea como sea.<br />
–Sí, esperemos –señaló Paula, pero con el mismo tono de abatimiento que Patrik.]]></description>
      <pubDate>Tue, 08 May 2012 11:19:24 +0200</pubDate></item><item>
      <title>La civilización del espectáculo (Vargas-Llosa) - Primeras páginas</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=27</link>
      <description><![CDATA[Metamorfosis de una palabra<br />
Es probable que nunca en la historia se hayan escrito tantos tratados, ensayos, teorías y análisis sobre la cultura como en nuestro tiempo. El hecho es tan­to más sorprendente cuanto que la cultura, en el sen­tido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer. Y acaso haya desaparecido ya, discretamente vaciada de su contenido y éste reemplazado por otro, que desnatu­raliza el que tuvo.<br />
Este pequeño ensayo no aspira a abultar el elevado número de interpretaciones sobre la cultura contemporánea, sólo a dejar constancia de la meta­morfosis que ha experimentado lo que se entendía<br />
aún por cultura cuando mi generación entró a la es­cuela o a la universidad y la abigarrada materia que<br />
la ha sustituido, una adulteración que parece haberse<br />
realizado con facilidad, en la aquiescencia general. Antes de empezar mi propia argumentación al respecto, quisiera pasar revista, aunque sea somera, a algunos de los ensayos que en las últimas décadas<br />
abordaron este asunto desde perspectivas variadas,<br />
provocando a veces debates de alto vuelo intelectual <br />
y político. Aunque muy distintos entre sí y apenas <br />
una pequeña muestra de la abundante floración de las <br />
ideas y tesis que este tema ha inspirado, todos ellos <br />
tienen un denominador común pues coinciden en que <br />
la cultura atraviesa una crisis profunda y ha entrado en decadencia. El último de ellos, en cambio, habla de <br />
una nueva cultura edificada sobre las ruinas de la que <br />
ha venido a suplantar.<br />
Comienzo esta revisión por el célebre y polé­mico pronunciamiento de T. S. Eliot. Aunque sólo han pasado poco más de sesenta años desde la publi­cación, en 1948, de su ensayo Notes Towards the Definition of Culture, cuando uno lo relee en nuestros días tiene la impresión de que se refiere a un mundo remotísimo, sin conexión con el presente. <br />
T. S. Eliot asegura que el propósito que lo guía es apenas definir el concepto de cultura, pero, en ver <br />
dad, su ambición es más amplia y consiste, además de <br />
precisar lo que abraza esa palabra, en una crítica pe­netrante del sistema cultural de su tiempo, que, según <br />
él, se aparta cada vez más del modelo ideal que repre-<br />
sentó en el pasado. En una frase que entonces pudo <br />
parecer excesiva, añade: «Y no veo razón alguna por la <br />
cual la decadencia de la cultura no pueda continuar y <br />
no podamos anticipar un tiempo, de alguna duración, <br />
del que se pueda decir que carece de cultura»(p. 19). <br />
(Adelantándome sobre el contenido de La civilización <br />
del espectáculo diré que ese tiempo es el nuestro.) Aquel modelo ideal, según Eliot, consiste en una cultura estructurada en tres instancias —el indi­viduo, el grupo o elite y la sociedad en su conjunto— y en la que, aunque hay intercambios entre las tres, cada cual conserva cierta autonomía y se halla en constante confrontación con las otras, dentro de un orden gracias al cual el conjunto social prospera y se mantiene cohesionado.<br />
T. S. Eliot afirma que la alta cultura es patri­monio de una elite y defiende que así sea porque, asegura, «es condición esencial para la preservación de la calidad de la cultura de la minoría que continúe <br />
siendo una cultura minoritaria» (p. 107). Al igual que <br />
la elite, la clase social es una realidad que debe ser <br />
mantenida pues en ella se recluta y forma esa casta o <br />
promoción que garantiza la alta cultura, una elite que <br />
en ningún caso debe identificarse totalmente con la <br />
clase privilegiada o aristocrática de la que proceden <br />
principalmente sus miembros. Cada clase tiene la cultura que produce y le conviene, y aunque, natu­ralmente, hay coexistencia entre ellas, también hay <br />
marcadas diferencias que tienen que ver con la con­dición económica de cada cual. No se puede concebir <br />
una cultura idéntica de la aristocracia y del campesinado, por ejemplo, aunque ambas clases compartan muchas cosas, como la religión y la lengua. <br />
Esta idea de clase no es rígida o impermeable <br />
para T. S. Eliot, sino abierta. Una persona de una cla­se puede pasar a otra superior o bajar a una inferior, y es bueno que así ocurra, aunque ello constituya más una excepción que una regla. Este sistema garantiza un orden estable y a la vez lo expresa, pero en la actualidad está resquebrajado, lo que genera incertidumbre sobre el futuro. La ingenua idea de que, a través de la edu­cación, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, está destruyendo la «alta cultura», pues la única manera de conseguir esa democratización uni­versal de la cultura es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial. Así como la existencia de una elite es indispensable, según Eliot, a su concepción de «alta cultura», también lo es que en una sociedad haya <br />
culturas regionales que nutran a la cultura nacional y, a la vez, que formen parte de ella, existan con su propio perfil y gocen de cierta independencia: «Es importan­te que un hombre se sienta no sólo ciudadano de una nación en particular, sino ciudadano de un lugar espe­cífico de su país, que tenga sus lealtades locales. Esto, como la lealtad con la propia clase, surge de la lealtad hacia la familia» (p. 52).<br />
La cultura se transmite a través de la familia y cuando esta institución deja de funcionar de manera <br />
adecuada el resultado «es el deterioro de la cultura» <br />
(p. 43). Luego de la familia, la principal transmisora de la cultura a lo largo de las generaciones ha sido la Igle­sia, no el colegio. No hay que confundir cultura con conocimiento. «Cultura no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida» (p. 41), una mane­ra de ser en la que las formas importan tanto como el contenido. El conocimiento tiene que ver con la evo­lución de la técnica y las ciencias, y la cultura es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos.Cultura y religión no son la misma cosa, pero no son separables, pues la cultura nació dentro de la religión y, aunque con la evolución histórica de la humanidad se haya ido apartando parcialmente de ella, siempre estará unida a su fuente nutricia por una suer­te de cordón umbilical. La religión, «mientras dura, y en su propio campo, da un sentido aparente a la vida, proporciona el marco para la cultura y protege a la masa de la humanidad del aburrimiento y la deses­peración» (pp. 33­34).]]></description>
      <pubDate>Tue, 17 Apr 2012 09:31:30 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Siempre tuyo (primeras páginas)</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=26</link>
      <description><![CDATA[Cuando él entró en su vida, Judith sintió un dolor <br />
agudo que se pasó enseguida.<br />
Él: —Perdón.<br />
Ella: —No ha sido nada.<br />
Él: —Con este gentío...<br />
Ella: —Ya.<br />
Judith le echó un vistazo a su cara como si fueran  los titulares deportivos de cada día. Sólo quería hacerse una idea del aspecto que tiene alguien que le cercena a uno el talón un Jueves Santo, en la atestada sección de quesos. <br />
No se sorprendió mucho, era un hombre normal. Uno <br />
más, como todos los que estaban allí, ni mejor, ni  peor, ni más original. ¿Por qué toda la ciudad tenía que comprar queso para Semana Santa? ¿Y por qué en el mismo supermercado y a la misma hora?<br />
<br />
En la caja, él —otra vez él— estaba a su lado,  depositando la compra sobre la cinta. Ella lo  percibió gracias a la manga de una chaqueta de nobuk  marrón rojizo, con su olor correspondiente. De su  rostro se había olvidado hacía rato. No, ni siquiera lo había retenido, pero le gustaron los movimientos  hábiles, precisos y a la vez ágiles de sus manos. En el siglo xxi aún sigue siendo un milagro que un  hombre de cuarenta y tantos llene el carrito del  súper, lo vacíe y embolse la compra como si ya lo hubiese hecho antes alguna vez.<br />
En la salida ya casi no fue casualidad que él  volviera a estar ahí, para sujetarle la puerta y  brillar por su memoria fisonómica a largo plazo.<br />
—Disculpas de nuevo por el pisotón.<br />
—¡Ah!, ya lo había olvidado.<br />
—No, no..., si yo sé que esas cosas pueden hacer <br />
un daño tremendo.<br />
—No ha sido para tanto.<br />
—Bueno, bueno.<br />
—Ya.<br />
—Pues entonces nada.<br />
—Ya.<br />
—Felices Pascuas.<br />
—Igualmente.<br />
A ella le encantaba aquella clase de conversaciones  en el supermercado, pero con aquélla ya sería suficiente para siempre.<br />
De momento, sus últimos pensamientos sobre él giraron en torno a aquel gigantesco racimo amarillo de <br />
entre cinco y ocho plátanos, que lo había visto  guardar en una bolsa. Alguien que compra entre cinco  y ocho plátanos seguro que tiene en casa dos, tres o cuatro niños hambrientos. Debajo de la chaqueta de cuero debía de llevar un chaleco, con grandes rombos de todos los colores. Era un auténtico padre de familia, pensó ella, uno de esos que lava la ropa de cuatro, cinco o seis personas, y la ponen a secar,  probablemente todos los calcetines en hilera, ordenados por pares, y cuidadito con que alguien desordene la colada tendida.<br />
Cuando llegó a casa, Judith se puso una tirita gruesa <br />
en el talón enrojecido. Por suerte no se había roto el tendón de Aquiles. De todos modos, se sentía  invulnerable.]]></description>
      <pubDate>Wed, 01 Feb 2012 19:24:31 +0100</pubDate></item><item>
      <title>Primer capítulo de Tinta de Fernando Trias de Bes</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=25</link>
      <description><![CDATA[Ella<br />
Mayo de 1900<br />
<br />
Alice Thiel entró en la habitación número once del hotel Schwarzkopf cuando su amante ya la esperaba, desnudo, en la cama. La luz del sol pasaba entre los rojizos edificios de la Marktplatz de Maguncia, se filtraba a través de las cortinas, recorría la alfombra y ascendía por las sábanas, un haz preciso, una perfecta secante. La calidez de la luz no alteró la indiferencia de Alice. <br />
—Llegas tarde —dijo él.<br />
Alice no respondió. Se desvistió como una autómata,<br />
como una profesional del sexo. La blusa cayó al suelo;<br />
después, la falda. Se desembarazó de la ropa interior y miró, conteniendo el rencor, al hombre cuya atracción seguía sin comprender. Luego paseó la mirada por la estancia.<br />
Reconoció la mancha azul junto al armario, la alargada grieta de la pared, la quemadura de la lámpara de gas. Y pensó que la rutina no era una sensación ni un sentimiento, sino algo físico.<br />
Alice sabía que él no sentía más que un afán de posesión, de poder o de sumisión ajena. No estaba segura.<br />
Pero Alice no podía hacer nada por eludir su cita semanal en el hotel Schwarzkopf. Muchas otras veces lo había intentado.<br />
Recordó aquella ocasión en que ordenó a su casera<br />
que la encerrase con llave en su propio dormitorio.<br />
—No abras. Ni aunque te lo suplique.<br />
—¿Por qué, Frau Thiel? ¿Por qué debo encerrarla?<br />
Aquel día Alice ató su cuerpo con sus propias sábanas<br />
al cabezal de la cama. Se juró permanecer atada hasta que las campanas de la catedral de Maguncia diesen las doce.<br />
Esta vez no se reuniría con él. Pero, pasadas unas horas, poco antes del mediodía, cual loba subyugada por la luna llena, desató los nudos blancos, se vistió de nuevo y, con voz impostada, mintió a su casera desde la ventana:<br />
—Abre la puerta, todo ha pasado.<br />
Acto seguido, Alice salió de su casa, recorrió las calles de Maguncia como llevada por el diablo, entró por la puerta trasera del hotel, subió la escalera de servicio y se dirigió a la habitación donde su amante la esperaba, hambriento de sumisión.<br />
Lo conoció ese mismo año: 1900. Maguncia había dado<br />
la bienvenida al nuevo siglo con festejos. Algunos adivinos y charlatanes vaticinaron el fin del mundo, decían que estaba escrito en las profecías de Nostradamus, la Biblia, el Corán, que todos los textos apuntaban a la misma fecha. Pero el 1 de enero el sol, la luna y los astros siguieron su curso.<br />
Su primer encuentro tuvo lugar el domingo 13 de<br />
mayo, eso, Alice, no podía olvidarlo. Ocurrió como empiezan las relaciones más complicadas: de una forma<br />
simple. Alice tomaba té en una de las cafeterías de Maguncia cercana a la Kaiserstrasse, la avenida a partir de la cual se extendía la Nuestadt, la moderna ampliación de Maguncia, que crecía con formidable velocidad. A su lado, un hombre sorbía café.<br />
Alice sintió una extraña llamada. Lo miró. Primero,<br />
con disimulo. Después, a intervalos. Nunca recordó con<br />
exactitud quién habló primero. La conversación fue torpe, entrecortada. Él no tenía ningún atractivo, su gesto era más bien torcido.<br />
El desconocido se percató de que había ejercido una<br />
extraña atracción sobre Alice. Tal era la evidencia que se planteó si se trataba de una broma de mal gusto o de una trampa sin sentido. Últimamente, sus únicas relaciones habían sido de pago. Su misoginia se estaba acentuando de forma alarmante. En cambio, aquella desconocida…<br />
Lo que le movió a lanzar su propuesta no emanaba del<br />
deseo, sino de su propio miedo. Sintió frío antes de hablar, un frío intenso como el hielo. Pero el encantamiento ejercía sobre él la misma irresistible fuerza. No hablaron su voluntad ni su deseo, sino su historia y su destino:<br />
—¿Conoce el hotel Schwarzkopf? El martes próximo, a<br />
las doce y media, la espero en la habitación número once.<br />
Y se marchó con un leve y huidizo gesto.<br />
Alice lo vio desaparecer entre la gente. Anotó el día,<br />
hora y lugar en un pedazo de papel. Luego lo rompió y<br />
sintió asco de sí misma, seguido de un extraño deseo de posesión. Pasó los días siguientes inquieta, desviando los ojos cuando su marido le decía esto o aquello, confundida cuando se quedaba a solas. Procuró olvidar la cita, era una absurda petición, debía borrarla de su memoria. Pero llegó el martes y Alice, la mente en blanco y el corazón acelerado, cual sonámbula que obedece órdenes no importa de quién, se dirigió al lugar convenido.<br />
Hicieron el amor. Fue una consumación triste y vacía.<br />
El misterioso amante no le preguntó nada. No deseaba<br />
saber si era casada o soltera; si vivía en la misma Maguncia o pasaba unos días de reposo en el balneario de Wiesbaden; si provenía de una familia acaudalada; si había sentido algo por él o padecía el vicio de las ninfas.<br />
—El martes próximo, a la misma hora, en esta misma<br />
habitación —sentenció, dominado por una intensa culpabilidad, con Alice todavía entre las sábanas, repudiada en lugar de amada.<br />
Alice se juró no regresar.<br />
Pero sí lo hizo.<br />
Y así, de modo sistemático, fue poseída una vez por<br />
semana.<br />
Al inicio era un misterio. Poco a poco, una rutina.<br />
Finalmente, una simbiosis. Una simbiosis cuya naturaleza ambos amantes ignoraban y, a solas, se preguntaban.<br />
La respuesta residía en la piel del desconocido amante<br />
que poseía a Alice. Sus poros contenían minúsculos e<br />
invisibles restos del líquido negro que tantas pasiones despierta. Esa mezcla oscura y densa de ilimitado poder.<br />
Era tinta.]]></description>
      <pubDate>Wed, 07 Dec 2011 21:28:13 +0100</pubDate></item><item>
      <title>Primeras páginas "El puente de los asesinos" de Pérez-Reverte</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=24</link>
      <description><![CDATA[Dos hombres se batían a la luz indecisa del amanecer, silueteados en la claridad gris que llegaba despacio por levante. La isla -poco más que un islote, en realidad– era pequeña y chata. Sus orillas, desnudas por la marea baja, se deshilaban en la bruma que la noche había dejado atrás. Eso daba una impresión de paisaje irreal, como si aquella porción de tierra neblinosa fuese parte misma del cielo y del agua. Las nubes eran pesadas y oscuras, y lloviznaban nieve casi líquida sobre la laguna veneciana. Hacía mucho frío aquel veinticinco de diciembre de mil seiscientos veintisiete.<br />
–Están locos –dijo el moro Gurriato.<br />
Seguía tirado en la escarcha del suelo, envuelto en mi capa mojada, y se incorporaba débilmente sobre un codo para observar a los contendientes. Yo, que acababa de vendarle la herida del costado, permanecía de pie junto a Sebastián Copons, tiritando bajo mi jubón de poco abrigo. Miraba a los dos hombres que, a veinte pasos de nosotros, destocados, a cuerpo gentil pese a lo destemplado del paraje, se acometían espada y daga en mano.<br />
–Dios ciega a quien desea perder –masculló el moro, entre los dientes apretados por el dolor.<br />
No respondí. Estaba de acuerdo en que aquello era un<br />
disparate que remataba el otro, el más vasto y sangriento que nos había llevado hasta allí; pero nada podía hacer yo. Ni ruegos ni razones, ni tampoco la evidencia notoria del peligro mortal que corríamos todos, habían logrado evitar lo que estaba ocurriendo en la isla. Una porción de tierra, ésta, cuyo nombre iba que ni pintado a nuestro presente incierto: isla de los Esqueletos, lugar elegido como osario por los habitantes de Venecia para despejar, de unos años acá,<br />
sus atestados cementerios. Las huellas estaban por todas partes. Entre la hierba húmeda, el barro y la tierra removida, a poco que se fijara uno, veía asomar restos de huesos y calaveras.<br />
No sonaba otra cosa que el tintineo de los aceros: clingclang. Mis ojos sólo se apartaron de la escena para mirar lejos, hacia el sur, donde la laguna se abría al Adriático. Pese a que a medida que se asentaba la luz diurna disminuían nuestras posibilidades, me animaba la esperanza de divisar, antes de que fuera demasiado tarde, una manchita blanca en el horizonte: la vela de la embarcación que debía sacarnos de allí, llevándonos a un lugar seguro antes de que nuestros perseguidores, que escudriñaban airados las islas cercanas, diesen con nosotros y nos cayeran encima como perros rabiosos.<br />
Y por Dios que no les faltaba motivo. En cualquier caso, ya era sobrado milagro que estuviésemos allí, temblando de frío en aquel islote, con su cuchillada el moro Gurriato pero todavía vivo, mientras el capitán Alatriste ajustaba viejas cuentas pendientes. Los cinco que aguardábamos en la isla –tres de nosotros mirando y los otros en danza de toledanas, como dije– éramos de los pocos que aún podían contarlo. En ese mismo instante, no lejos de allí, otros compañeros de aventura estaban siendo torturados y estrangulados en los calabozos de la Serenísima, colgaban de una soga frente a San Marcos o flotaban en el agua de los canales, tiñéndola de rojo con un lindo tajo en la garganta.<br />
Todo había empezado dos meses atrás, en Nápoles, al<br />
regreso de una incursión en la costa griega. Después del combate naval con los turcos en las bocas de Escanderlu, donde perdimos a tantos hombres buenos y estuvimos al filo de dejar la piel, el capitán Alatriste y yo –mancebo en días pero al fin soldado, iba camino de los dieciocho años como por la posta– estuvimos una temporada reponiendo la salud y el ánimo con las delicias de la antigua Parténope, bastión principal del rey nuestro señor en el Mediterráneo y paraíso de los españoles en Italia. Poco duró el relajo. Arrojados a trochemoche –sobre todo el hijo de mi padre– sobre las tabernas del Chorrillo y los goces en que tan generosa era aquella ciudad magnífica, eso apuntilló nuestra enjuta bolsa. De modo que, hombres de armas como éramos, no hubo otra que buscar ocasión de mejor fortuna, y echamos papeleta para embarcar de nuevo. La brava Mulata,<br />
que habíamos traído a duras penas y muy maltratada<br />
del viaje a la costa de Anatolia, estaba en las atarazanas, reparándose. Así que embarcamos en la Virgen del Rosario, galera de veinticuatro bancos. Para desilusión nuestra, la primera salida no fue para corsear las islas de Levante a la caza de botines, sino de viaje por la costa griega, al lugar que llamábamos Brazo de Mayna, para llevar armas y socorros a los cristianos que allí hacían guerra de montaña escaramuzando contra los turcos que, desde hacía doscientos años, ocupaban su tierra.<br />
La misión era sencilla, de poco fuste y ningún beneficio para nosotros: cargar en Mesina cien arcabuces de Éibar, trescientas lanzas de moharra tolosana y quince barriles de pólvora, y desembarcarlo todo de manera secreta en una ensenada, más allá del cabo Matapán, que los griegos llamaban<br />
Porto Kayio y los españoles Puerto Coalla. Así lo hicimos, sin tropiezos, y eso me permitió ver de cerca a los maynotas, que son los griegos de aquella parte y habitan una tierra áspera, estéril, que los hace rudos, cerriles y ladrones a más no poder. Eran muchas las esperanzas de libertad que esta gente, sometida por la crueldad turca, tenía puestas en el rey de España como monarca más poderoso del mundo;<br />
pero a nuestro señor don Felipe IV y a su ministro el condeduque de Olivares no les interesaba comprometerse por unos cuantos griegos oprimidos, en una campaña lejana e incierta como aquélla, contra un imperio turco que, aunque todavía en pleno vigor, había dejado de ser agresivo para nosotros en el Mediterráneo. La guerra reavivada en Flandes y Europa engullía hombres y dinero, y nuestros enemigos naturales, la Holanda rebelde y también Francia, Inglaterra, Venecia y el mismo papa de Roma, habrían visto con felicidad a España enfangada en un conflicto oriental que distrajese fuerzas del escenario europeo; allí donde el viejo león hispano peleaba solo contra todos, todavía con recios zarpazos<br />
merced al oro de las Indias y a los temibles tercios viejos de infantería española. Por eso nuestro socorro a los habitantes de Brazo de Mayna fue más simbólico que otra cosa, alentándolos a hostigar a los otomanos –degollaban a recaudadores de impuestos, tendían emboscadas y cosas así–, pero sin empeñarles más que vagas promesas y alguna ayuda menor, como la que la Virgen del Rosario desembarcó en Puerto Coalla. Pocos años más tarde ocurrió lo que en tales casos suele ocurrir: los turcos ahogaron en sangre el levantamiento, y España abandonó a los maynotas a su<br />
triste suerte.<br />
]]></description>
      <pubDate>Thu, 27 Oct 2011 14:49:19 +0200</pubDate></item><item>
      <title>El lector de cadáveres (comienzo)</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=23</link>
      <description><![CDATA[Año 1206. Dinastía Tsong. China oriental.<br />
Circuito de Fujian.<br />
Cultivos de la subprefectura de Jianyang.<br />
<br />
Shang no supo que se moría hasta que paladeó el sabor de la sangre que brotaba bajo su garganta. Quiso balbucear algo mientras sus manos intentaban taponar la herida, pero, antes de lograrlo, sus ojos se abrieron exageradamente y sus piernas se doblaron<br />
como las de una marioneta desmadejada. Iba a pronunciar el nombre de su asesino cuando éste le introdujo un trapo en la boca.<br />
De rodillas sobre el cieno, en su postrer hálito de vida, Shang percibió la tibieza de la lluvia y el olor a tierra mojada que le había acompañado durante toda su existencia. Un instante después, con la camisa encharcada en sangre, se desplomó sobre el lodazal en el que se había dejado el alma.<br />
<br />
Primera parte<br />
<br />
Aquella madrugada Cí se levantó temprano para evitar encontrarse con su hermano Lu. Los ojos se le cerraban, pero el arrozal le esperaba despierto, como todas las mañanas.<br />
Se incorporó del suelo y enrolló la estera mientras aspiraba el aroma del té con el que su madre perfumaba la casa. Al entrar en la estancia principal, la saludó con una inclinación de la cabeza y ella le respondió ocultando una sonrisa que él descubrió y le devolvió.<br />
Adoraba a su madre casi tanto como a su hermana pequeña, Tercera. Sus otras dos hermanas, Primera y Segunda, habían fallecido de niñas debido a un mal de familia. Tercera, aunque enferma, era la única que quedaba.<br />
Antes de probar bocado se dirigió al pequeño altar que habían erigido junto a una ventana en memoria de su abuelo. Abrió los postigos e inspiró con fuerza. Afuera, los primeros rayos de sol se filtraban tímidamente entre la niebla. El viento meció los crisantemos colocados en el jarrón de las ofrendas y avivó las volutas de incienso que ascendían por la sala. Cí cerró los ojos para recitar una plegaria, pero a su mente sólo acudió un pensamiento: «Espíritus<br />
de los cielos: permitidnos regresar a Lin’an».<br />
Recordó los días en los que sus abuelos aún vivían. En aquel entonces, el poblacho era su paraíso, y su hermano Lu, el héroe que cualquier niño habría querido imitar. Lu era como el gran guerrero de los cuentos que narraba su padre, siempre dispuesto a defenderlo cuando otros críos intentaban robarle su ración de fruta o a ahuyentar a los desvergonzados que pretendieran propasarse con sus hermanas. Lu le había enseñado a pelear empleando los pies y las manos de tal modo que sus rivales se viesen desbordados, le había llevado al río para chapotear entre las barcas y a pescar carpas y truchas que luego llevaban a casa con gran algarabía y le había mostrado dónde estaban los mejores escondites para espiar a las vecinas. Pero, con la edad, Lu se fue tornando vanidoso. Cuando cumplió los quince años, su fortaleza se convirtió en un alardeo constante, pareja a su menosprecio por cualquier otra habilidad que no fuese la de salir vencedor de una pelea.<br />
Comenzó a organizar cacerías de gatos para presumir ante las chicas, se emborrachaba con el licor de arroz que distraía de las cocinas y se vanagloriaba de ser el más fuerte de la pandilla. Se volvió tan engreído que hasta las mofas de las muchachas las interpretaba como halagos, sin comprender que en realidad siempre le evitaban. Y de ser su ídolo, Lu pasó lentamente a provocar en Cí indiferencia.<br />
Pese a todo, hasta aquel momento, Lu nunca se había metido en líos, más allá de aparecer con los ojos morados tras alguna pelea o emplear el búfalo comunitario para apostar en las carreras de agua. Pero cuando su padre anunció su intención de trasladarse a la capital, Lin’an, Lu se negó en redondo. Ya había cumplido los dieciséis, era feliz en el campo y no pensaba moverse del pueblo.<br />
Alegó que en la aldea disponía de cuanto precisaba: el arrozal, su grupo de bravucones y dos o tres prostitutas de los alrededores que le reían las gracias, y aunque su padre amenazó con repudiarle,<br />
no se dejó intimidar. Aquel año se separaron. Lu se quedó en el pueblo y el resto de la familia emigró a la capital en busca de un futuro mejor.<br />
Los primeros tiempos en Lin’an resultaron arduos para Cí. Cada mañana se levantaba al alba para comprobar el estado de su hermana, le preparaba el desayuno y cuidaba de ella hasta que su madre regresaba del mercado. Luego, tras atragantarse con un tazón de arroz, acudía a la escuela, en la que permanecía hasta mediodía, momento en el que corría al matadero donde trabajaba su padre para ayudarle el resto de la jornada a cambio de las vísceras que quedaban esparcidas por los suelos. Por la noche, después de<br />
limpiar en la cocina y cumplimentar con una oración a sus ancestros, aprovechaba para repasar los tratados confucianos que debía recitar a la mañana siguiente en la escuela. Así, mes tras mes, hasta el día en que su padre logró un empleo de contable en la prefectura de Lin’an, bajo las órdenes del juez Feng, uno de los magistrados más sagaces de la capital.<br />
A partir de aquel instante, las cosas empezaron a mejorar. Los ingresos familiares aumentaron y Cí pudo abandonar el matadero para dedicarse por completo a sus estudios. Tras cuatro años en la escuela superior, y merced a sus excelentes calificaciones, Cí logró un puesto de ayudante en el negociado de Feng. Al principio se ocupaba de tareas burocráticas sencillas, pero su dedicación y esmero llamaron la atención del juez, el cual encontró en aquel muchacho<br />
de diecisiete años alguien a quien instruir a su imagen y semejanza.<br />
Cí no le defraudó. Con el transcurso de los meses, pasó de desempeñar tareas rutinarias a colaborar en la toma de declaraciones, a presenciar los interrogatorios de los sospechosos y a asistir a<br />
los técnicos en la preparación y limpieza de los cadáveres que, en función de las circunstancias de los decesos, debía examinar Feng.<br />
Poco a poco, su esmero y su destreza resultaron imprescindibles para el juez, que no dudó en otorgarle más responsabilidades. Finalmente, Cí acabó ayudándole en la investigación de crímenes y litigios, labores que le permitieron descubrir los fundamentos de la práctica legal al tiempo que adquiría rudimentarias nociones de anatomía.<br />
Durante su segundo año en la universidad, y animado por Feng, Cí asistió a un curso preparatorio de medicina. Según el magistrado, eran numerosas las ocasiones en las que las pruebas que podían delatar un crimen permanecían ocultas en las heridas, y para descubrirlas era preciso conocerlas y estudiarlas, no como un juez, sino como un cirujano.<br />
Todo continuó así hasta que una noche su abuelo enfermó repentinamente y falleció. Tras el funeral, y como mandaban los rituales del luto, su padre hubo de renunciar al puesto de contable y a la vivienda que había disfrutado en usufructo, de modo que, sin trabajo y sin hogar, y en contra de los deseos de Cí, toda la familia se vio obligada a regresar a la aldea.<br />
A su vuelta, Cí encontró a su hermano Lu cambiado. Vivía en una casa nueva que había construido con sus propias manos, había adquirido una parcela y tenía a su servicio a varios jornaleros.<br />
Cuando, forzado por las circunstancias, su padre llamó a la puerta, Lu le obligó a disculparse antes de dejarle entrar y le dejó una habitación pequeña en vez de cederle la suya. A Cí le trató con la indiferencia de siempre, pero cuando comprobó que ya no le seguía como un perro sumiso y que su único interés se centraba en los libros, le hizo acreedor de todas sus iras. En el campo era donde se demostraba el auténtico valor de un hombre. Allí,<br />
ni los textos ni los estudios le proporcionarían arroz ni peones.<br />
Para Lu, su hermano menor tan sólo era un inútil de veinte años al que habría de alimentar. Y a partir de ese instante, la vida de Cí se convirtió en un devenir de desplantes que le condujeron a odiar aquel pueblo.]]></description>
      <pubDate>Sun, 02 Oct 2011 23:31:33 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Comienzo de "Los asesinos del emperador" de Santiago Posteguillo</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=22</link>
      <description><![CDATA[EL GUARDIáN DEL RIN<br />
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Moguntiacum,3 Germania Superior<br />
18 de julio de 96 d. C., quarta vigilia<br />
dos meses antes del día marcado para el asesinato<br />
del emperador domiciano<br />
<br />
—No se puede matar al emperador de Roma —les respondió<br />
Trajano, pero los senadores apretaban los dientes y callaban. Marco Ulpio Trajano, gobernador de Germania, leyó el miedo en el rostro de aquellos senadores y comprendió que la decisión ya estaba tomada. Nada ni nadie podría detenerlos. Caminaban hacia su destrucción, pues la guardia pretoriana<br />
era invencible, y Roma entera navegaba a la deriva hacia una guerra civil inexorable, y él estaba en medio y no podía hacer nada. No podía hacer nada.<br />
Trajano los miró fijamente. Sabía que nada de lo que dijera podía importarles más allá de la pregunta que le habían formulado, pero tenía que intentarlo. Al menos debía intentar frenar aquella locura, aunque fuera imposible, pues era evidente que aquellos patricios sólo querían saber de qué lado estaba. Si la conjura fallaba, los senadores eran hombres muertos. Estaban apostando sus vidas, por eso para ellos una guerra civil era sólo un mal menor. No sabían, no entendían, no llevaban años en la frontera como él. Les faltaba perspectiva. Y es que si había algo que Roma no podía permitirse era una nueva guerra civil entre sus legiones. Caminaban sobre el filo de una navaja y ellos, ciegos a los ataques de los germanos, los dacios o los partos, sólo querían saber de qué lado estaba él: si a favor o contra Domiciano. Se olvidaban de todo lo demás, como si no existiera. Pero existía. El mundo se convulsionaba<br />
en las fronteras del Imperio, pero ellos estaban aturdidos por el horror que emergía desde el mismísimo palacio del emperador.<br />
Entre los unos y los otros, sólo Trajano parecía tener<br />
tomada una medida razonable sobre lo que se estaba decidiendo.<br />
En el exterior del edificio del praetorium la lluvia de Germania arreciaba con fuerza inclemente. Trajano se sintió solo, infinitamente solo. Al fin, el legatus al mando de las legiones del Rin se levantó y encaró aquellos rostros con la firmeza de quien sabe que lo más importante siempre está por encima de<br />
las consideraciones personales.<br />
—Mi familia siempre ha sido leal al emperador. Mi familia siempre ha sido leal a la dinastía Flavia. —Un breve silencio y pronunció sus últimas palabras confundiéndose sus sílabas con el estruendo de un gran trueno—. Seré leal a Domiciano. Lucio Licinio Sura se adelantó entonces a los otros dos senadores<br />
dispuesto a tomar la palabra. Su mente activada al<br />
máximo buscaba una forma de persuadir a aquel legatus. Trajano era un general poderoso, y si se alineaba con el emperador o con los que quisieran vengar sumuerte, suponiendo que el plan de asesinarlo saliera bien al fin, eso conduciría a la guerra.<br />
Sura tenía la intuición de que Trajano temía precisamente eso, la guerra civil, y estaba convencido de que su negativa a cooperar era más por ese temor —la contienda conllevaría el debilitamiento de las fronteras, quizá el desmoronamiento del Imperio—que por apego real a Domiciano. Pero Trajano, que llevaba años en las fronteras, desconocía la magnitud del horror de los últimos años del gobierno de Domiciano. Lucio Licinio Sura habló con voz contenida pero con el ansia que produce la necesidad.<br />
—Todo el mundo sabe que los Trajano han sido, son y serán leales servidores del emperador de Roma. La cuestión es saber cómo reaccionará el gran legatus Trajano si..., por todos los dioses, si algo le pasara al emperador de Roma... si éste muriera. En ese caso... ¿qué haría Trajano?<br />
Se podía decir con más palabras, pero no con más claridad. Ante cualquier otro, Trajano se habría levantado indignado de su sella y habría abandonado el edificio del praetorium de Moguntiacum, capital de Germania Superior, pero ante Lucio Licinio Sura no. Licinio Sura era hispano como él, uno de los senadores más influyentes de Roma, esto es, entre los<br />
senadores no romanos, es decir, influyente hasta cierto punto, pues podía aspirar como poseedor de la ciudadanía romana a casi todo, incluso a cónsul, como ya había sido hacía unos años, pero nunca a emperador. Licinio, en consecuencia, por su nacimiento hispano, como Trajano, compartía esa limitación con el propio general interrogado: podían serlo todo menos emperador. Así, en la pregunta de Licinio no había una ambición personal, sino un deseo sincero por saber si Trajano estaba dispuesto, o no, a alinearse con aquellos senadores que pudieran decidirse a vengar la muerte del emperador, si conseguían esquivar a la guardia imperial, o con los prefectos del pretorio, aún si cabe más peligrosos y ávidos de sangre.<br />
Trajano tragó saliva en silencio. Sabía que habían enviado a Lucio Licinio porque era hispano como él, porque pensaban que entre hispanos se entenderían. Trajano respetaba a Licinio. En eso habían estado acertados en el Senado, pero de ahí a sumarse a una conjura para asesinar al emperador Domiciano, por muy loco que éste pudiera estar, había un gran camino que recorrer, un camino muy peligroso en el que Trajano no estaba dispuesto a adentrarse. Él, como Licinio,<br />
compartía la preocupación por la debilidad de las fronteras de Germania, del Danubio y de Oriente y, como Licinio, sabía que si él, Trajano, o Nigrino en Oriente o algún otro legatus en cualquier esquina del Imperio, iniciaba una rebelión tras un posible asesinato del emperador Domiciano, las legiones tendrían que abandonar las fronteras para una guerra civil sin cuartel y que entonces tanto los catos en Germania como muy en particular el rey Decébalo de la Dacia4 se lanzarían sobre las posesiones de Roma en la Galia, Dalmacia y Moesia, para empezar. Decébalo era especialmente mortífero y podría apropiarse de una vasta extensión del Imperio romano y afianzarse;<br />
luego, si alguna vez concluía la guerra civil entre las legiones de Roma, sería ya imbatible y no se podría recuperar el terreno perdido. Trajano  ponderaba todo esto cuando uno de los médicos que cuidaban a su padre entró en el edificio escoltado<br />
por el tribuno Longino. Fue este último, un tribuno con un brazo tullido que los senadores imaginaron herido en alguna acción de guerra, el que se atrevió a hablar interrumpiendo aquella tensa reunión al poner palabras al silencio frío del médico.<br />
—Tu padre está peor —dijo Longino.<br />
Marco Ulpio Trajano se levantó de su asiento y, sin decir nada, salió del praetorium sin mirar a nadie, escoltado por un atribulado médico y por el propio Longino.<br />
Los tres senadores se quedaron a solas en el praetorium. En el exterior la lluvia se estrellaba contra el suelo del norte del Imperio. Germania era para todos ellos, provenientes de Tarraco y del sur de la Galia, un lugar frío y desolado. Licinio Sura era un hombre paciente y pragmático. Aún no habían recibido una respuesta a la pregunta que habían  realizado.<br />
—Esperaremos —dijo Lucio Licinio Sura—. Esperaremos<br />
a que regrese.]]></description>
      <pubDate>Fri, 02 Sep 2011 12:54:01 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Comienzo de La niña que iba en hipopótamo a la escuela.Yoko Ogawa.</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=21</link>
      <description><![CDATA[El primer vehículo en el que me llevaron después de nacer fue un cochecito llegado de la lejana Alemania a través de los mares, ribeteado con un friso de latón cincelado. Un lazo de curvas elegantes sostenía el cuco y una tela de encaje cubría generosamente el interior, suave como un plumón. El manillar brillaba, por supuesto, pero también los fuelles de la capota y los herrajes de las ruedas. La almohada en la que colocaba mi cabeza llevaba bordada la palabra "Tomoko",con unas letras coloreadas de rosa pálido.]]></description>
      <pubDate>Thu, 07 Jul 2011 17:26:04 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Comienzo de El Ruido de las Cosas al Caer, de Juan Gabriel Vasquez</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=19</link>
      <description><![CDATA[I. UNA SOLA SOMBRA LARGA<br />
<br />
El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar los sementales de una hacienda ganadera.<br />
<br />
Los francotiradores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón (con balas de calibre.375, pues la piel de un hipopótamo es gruesa); posaron con el cuerpo muerto, la gran mole oscura y rugosa, un meteorito recién caído; y allí, frente a las primeras cámaras y los curiosos, debajo de una ceiba que los protegía del sol violento, explicaron que el peso del animal no iba a permitirles transportarlo entero, y de inmediato comenzaron a descuartizarlo.<br />
<br />
Yo estaba en mi apartamento de Bogotá, unos doscientos cincuenta kilómetros al sur, cuando vi la imagen por primera vez, impresa a media página en una revista importante. Así supe que las vísceras habían sido enterradas en el mismo lugar en que cayó la bestia, y que la cabeza y las patas, en cambio, fueron a dar a un laboratorio de biología de mi ciudad.<br />
<br />
Supe también que el hipopótamo no había escapado solo: en el momento de la fuga lo acompañaban su pareja y su cría —o los que, en la versión sentimental de los periódicos menos escrupulosos, eran su pareja y su cría—, cuyo paradero se desconocía ahora y cuya búsqueda tomó de inmediato un<br />
sabor de tragedia mediática, la persecución de unas criaturas inocentes por parte de un sistema desalmado.<br />
<br />
 Y uno de esos días, mientras seguía la cacería a través de los periódicos, me descubrí recordando a un hombre que llevaba mucho tiempo sin ser parte de mis pensamientos, a pesar de que en una época nada me interesó tanto como el misterio de su vida.<br />
]]></description>
      <pubDate>Sun, 29 May 2011 21:31:07 +0200</pubDate></item><item>
      <title>Comienzo de El Tunel, Ernesto Sábato</title>
      <link>http://www.bibliocafe.es/detallepildo.php?id=18</link>
      <description><![CDATA["Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.<br />
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza."]]></description>
      <pubDate>Fri, 06 May 2011 17:22:49 +0200</pubDate></item></channel></rss>