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Mi otra madre, de Vicente Marco (comienzo)

El flaquito llegó a mi casa una mañana lluviosa, y aunque mamá siempre afirmaba que no importa lo que sucede en el exterior sino solo lo que llevamos dentro, en este caso la lluvia fue determinante, el germen de aquella… «amistad».
Si el día hubiera salido soleado, jamás nos habríamos conocido. Nuestras vidas habrían discurrido por distintos caminos y la historia que esperas con tanta ansia solo formaría parte de la ficción.
Pero llovía. Llovía con fuerza. Con la fuerza premonitoria de un suceso que marcará el destino de una vida. De dos vidas.
De muchas vidas.

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El flaquito era hijo de la hermana de la señora Merce, la moderna. No sé si lo he explicado bien. Me lío un poco con los parentescos. No importa. La señora Merce trabajaba en una mercería. La mercería del señor Gregorio. No me preguntes si ella se llamaba así de verdad o era uno más de los tantos nombres que mamá inventaba. Lo único que puedo asegurar es que estábamos en medio de una de las lecciones de vocabulario cuando la chicharra del timbre sonó varias veces. Supuse que sería el impertinente al que también llamábamos señor Romero, que de tanto en tanto traía cartas o anunciaba que el ascensor estaba estropeado o que iban a quitar el agua «una horita».
Pero no. No era el impertinente. Y mamá se puso tan nerviosa al indagar por la mirilla que pensé iba a sufrir otro de sus ataques.
Se mordía la uña. Miraba y dejaba de mirar.
—¿Quién es, mamá?
Se quedó pensativa, con la espalda pegada a la puerta blanca de la calle.
La chicharra sonó de nuevo. Primero durante un tiempo prolongado y luego con un sonido más corto, tímido. Cuando por fin abrió, la moderna se encontraba de pie, sobre un charco, chorreando de arriba abajo, y dijo algo así como que llovía a cántaros y que había pensado que el flaquito, que estaba a su lado y también chorreaba, se quedara con nosotros. Con ella. Conmigo.
—Como me contó usted que también tiene un hijo, pues he preguntado al portero y… es que no sé dónde dejarlo un día como hoy.
Supongo que alguna de esas mañanas en que bajaba a comprar cremalleras o cordones, mamá le hablaría de mí a la señora Merce pero no con el ánimo de que el flaquito subiera a casa, ni mucho menos, sino para contarle que yo era un niño muy especial.
Así que se quedó en silencio, y después sonrió. De la manera como sonreía mamá: como si fuera a echarse a llorar un segundo después, a maldecir o a proferir insultos.
Pero solo dijo con voz queda:
—Claro —Y tras una pausa repitió—: Cla… claro.

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Si me pongo en la piel de la moderna, la imagino feliz aquel día por haber resuelto «su problema». Diciéndose a sí misma, mientras soporta las inclemencias de la lluvia, que ha conseguido evitar que el niño de su querida hermana se moje. Se moje más.
Puedo verla medio sonriente mientras acude al hospital donde se encuentra ingresada la madre del flaquito.
—Lo he dejado con una vecina que tiene un hijo de su edad porque ya sabes que al señor Gregorio le pone muy nervioso que esté merodeando por la tienda.
Y la madre del flaquito, postrada en la cama, mira por el cristal de la ventana por el que corretean infinidad de gotas juguetonas formando regueros, como en una carrera en la que se decide cuál de ellas morirá antes; la madre del flaquito, que tose y esputa sangre y vuelve a toser para aclarar la voz antes de decir:
—Mejor, porque con tanta lluvia…
Después se queda pensando en su hijo y se le escapa una ligera sonrisa al verlo de pie, seco, junto a un niño de su edad, jugando…
Pero decía mamá que una de las innumerables perversidades de la vida es que nunca se conoce la repercusión futura de nuestras decisiones. Ni de las importantes ni de las que consideramos… más triviales. No somos capaces de comprender que juntas conforman el invariable destino. Invariable, porque es el propio destino el que deja frente a nosotros las alternativas.
Tampoco somos capaces de conocer lo que sucede al otro lado de una puerta que se cierra.
—¿Cuántos años tienes? —pregunta mamá mientras le seca el pelo con una toalla y las mejillas con la mano.
—Trece.
Es la primera vez que lo veo. Un niño bajo. Renegrido. Acaso debilucho. Gafas. Los ojos tristes de quien anticipa la tragedia de perder a su madre. Una peca del tamaño de un volcán al lado del labio.
Y lo principal: el brazo.
Ese brazo izquierdo que no es brazo, que no es nada.
—Un año más que tú, Julián —dice mamá, con una sonrisa cicatera grabada en el espejo mientras cobija al flaquito entre su cuerpo.
«Un año más que tú». Eso dijo mamá, y el flaquito pareció adquirir robustez y aumentar de tamaño dos palmos, y la peca volcán cambió de color, como si hubiera entrado en ebullición.
—Yo en agosto cumplo también trece —digo.
Pero él replica:
—Y yo en diciembre, catorce.
Un encanto: La peca. Las gafas. La endeblez. El muñón.
Mamá niega con la cabeza. Se ríe.
Me mira. Lo mira.
Como si fuera consciente del futuro que nos aguarda.


Publicada el: Mar 02 de Febrero de 2016.  Fuente: Vicente Marco Compartir:

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