Premio de Novela Fernando Lara 2007
PROLOGO
Amitad de camino entre E´cija y Sevilla septiembre de 1587
Una manta de calor cubría la tierra. Los cascos de los caballos reverberaban en el Camino Real. Un hombre enjuto y de rasgos afilados encabezaba el grupo, seguido por dos carros tirados por pencos grises. Dos mozos para cuidar de las bestias y tres ganapanes para cargar con los sacos de trigo iban a bordo de los vehículos. Cerraba la comitiva una recua de mulas, que tragaba estoicamente el polvo que levantaban ruedas y herraduras.
El que lideraba la marcha retorció las riendas entre los dedos. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no clavar las espuelas en los ijares del caballo y galopar hacia Écija. Estrenaba aquella jornada el cargo de comisario de abastos del rey, encargado de reunir trigo para la Grande y Felicísima Armada que Felipe II estaba preparando para invadir Inglaterra.
Como antiguo soldado que era, aquel encargo llenaba
al nuevo comisario de orgullo y responsabilidad. Sentía que iba a contribuir a la gloria que iba a conquistarse en los próximos meses. Si no podía sostener él mismo un mosquete —pues en una batalla librada dieciséis años antes había perdido el uso de una mano— al menos podría alimentar a quienes los empuñasen.
Tampoco sería tarea fácil. Los campesinos y terratenientes no verían con buenos ojos las requisas de grano. El comisario portaba vara alta de justicia, así como permiso para romper cerraduras y saquear los silos, sin más obligación que dejar a cambio un pagaré real. Un pedazo de papel por el fruto de sus esfuerzos no sería bien recibido por quienes doblaban el espinazo sobre la tierra, especialmente cuando era notoria la lentitud de la Corona a la hora de satisfacer las deudas en las que tan alegremente se embarcaba.
El comisario interrumpió sus pensamientos cuando el
ondulante camino pedregoso reveló una casucha a tiro de piedra.
—Es la venta de Griján, señoría —dijo alguien esperanzado desde uno de los carros. El trayecto desde Sevilla hasta Écija era duro, y los hombres confiaban que se les diera la oportunidad de rascar el polvo del sendero con una jarra de vino.
El comisario hubiese continuado la marcha. Se sentía capaz de cargar un millón de sacos de trigo sobre su espalda.
Le faltaba una semana para entrar en la cuarentena, pero seguía siendo un hombre mucho más fuerte de lo que daban a entender su delgadez y sus ojos vivos y tristes.
—Pararemos a descansar un rato —respondió sin volverse.
Al fin y al cabo, las bestias tenían que abrevar. Bajo aquel sol ardiente hombres y mulas podían aguantar aún muchas millas, pero los caballos eran otro cantar.
El instinto le dijo enseguida que algo no marchaba bien. No hubo perros que saludasen la llegada de la comitiva con alegres ladridos al borde del camino. Tampoco nadie asomó a la puerta de la venta atraído por el ruido de hombres, ruedas y animales. Sólo había un silencio pegajoso y perturbador.
El lugar era pequeño y miserable. Un edificio cuadrado
y basto, encalado en un blanco deslucido, con un chamizo de madera por cuadra. Más allá se extendía un huerto de olivos, pero la vista del comisario no llegó tan lejos. Sus ojos se quedaron clavados en la puerta.
—¡Alto! ¡Volved a los carros!
Los hombres, que ya corrían en dirección al pozo que
había a unos pasos de la venta, se quedaron plantados en el sitio. Cuando siguieron la mirada del comisario, todos ellos hicieron a la vez la señal de la cruz, como movidos por una mano invisible.
Del chamizo asomaba el brazo escuálido y desnudo de
un cadáver. El rostro ennegrecido y lleno de bubas del
muerto no dejaba lugar a dudas sobre la razón de su fallecimiento: era la marca inconfundible de un asesino despiadado, un terror que alimentaba las pesadillas de todo hombre, mujer y niño de aquellos tiempos.
—¡La peste! ¡Virgen Santa!—dijo uno de los ganapanes.
El comisario repitió su orden en tono imperioso y el grupo se apresuró a cumplirla, como si el mero hecho de estar en contacto con el suelo polvoriento pudiese transmitirles la enfermedad. Cinco días de terrible tormento y al final la muerte, inevitable. Eran muy pocos los que se salvaban. Iba a dar la orden de partir, cuando una voz interior se lo impidió.
«¿Y si hay alguien dentro que necesite ayuda?» Intentando dominar su miedo, el comisario descendió
del caballo. Rodeando al animal, extrajo un pañuelo de las alforjas y se lo colocó sobre el rostro, haciendo un nudo en la nuca. Había pasado largo tiempo en Argel, cautivo de los moros, y había observado que sus médicos a menudo empleaban esta medida cuando tenían que atender a alguien infectado por la plaga. Caminó hacia la casa despacio, manteniéndose tan lejos del cadáver del chamizo como le fue posible.
—¡No entréis ahí, señoría!
Publicada el: Mar 19 de Junio de 2012. Fuente: Editorial Planeta
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