Metamorfosis de una palabra
Es probable que nunca en la historia se hayan escrito tantos tratados, ensayos, teorías y análisis sobre la cultura como en nuestro tiempo. El hecho es tanto más sorprendente cuanto que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer. Y acaso haya desaparecido ya, discretamente vaciada de su contenido y éste reemplazado por otro, que desnaturaliza el que tuvo.
Este pequeño ensayo no aspira a abultar el elevado número de interpretaciones sobre la cultura contemporánea, sólo a dejar constancia de la metamorfosis que ha experimentado lo que se entendía
aún por cultura cuando mi generación entró a la escuela o a la universidad y la abigarrada materia que
la ha sustituido, una adulteración que parece haberse
realizado con facilidad, en la aquiescencia general. Antes de empezar mi propia argumentación al respecto, quisiera pasar revista, aunque sea somera, a algunos de los ensayos que en las últimas décadas
abordaron este asunto desde perspectivas variadas,
provocando a veces debates de alto vuelo intelectual
y político. Aunque muy distintos entre sí y apenas
una pequeña muestra de la abundante floración de las
ideas y tesis que este tema ha inspirado, todos ellos
tienen un denominador común pues coinciden en que
la cultura atraviesa una crisis profunda y ha entrado en decadencia. El último de ellos, en cambio, habla de
una nueva cultura edificada sobre las ruinas de la que
ha venido a suplantar.
Comienzo esta revisión por el célebre y polémico pronunciamiento de T. S. Eliot. Aunque sólo han pasado poco más de sesenta años desde la publicación, en 1948, de su ensayo Notes Towards the Definition of Culture, cuando uno lo relee en nuestros días tiene la impresión de que se refiere a un mundo remotísimo, sin conexión con el presente.
T. S. Eliot asegura que el propósito que lo guía es apenas definir el concepto de cultura, pero, en ver
dad, su ambición es más amplia y consiste, además de
precisar lo que abraza esa palabra, en una crítica penetrante del sistema cultural de su tiempo, que, según
él, se aparta cada vez más del modelo ideal que repre-
sentó en el pasado. En una frase que entonces pudo
parecer excesiva, añade: «Y no veo razón alguna por la
cual la decadencia de la cultura no pueda continuar y
no podamos anticipar un tiempo, de alguna duración,
del que se pueda decir que carece de cultura»(p. 19).
(Adelantándome sobre el contenido de La civilización
del espectáculo diré que ese tiempo es el nuestro.) Aquel modelo ideal, según Eliot, consiste en una cultura estructurada en tres instancias —el individuo, el grupo o elite y la sociedad en su conjunto— y en la que, aunque hay intercambios entre las tres, cada cual conserva cierta autonomía y se halla en constante confrontación con las otras, dentro de un orden gracias al cual el conjunto social prospera y se mantiene cohesionado.
T. S. Eliot afirma que la alta cultura es patrimonio de una elite y defiende que así sea porque, asegura, «es condición esencial para la preservación de la calidad de la cultura de la minoría que continúe
siendo una cultura minoritaria» (p. 107). Al igual que
la elite, la clase social es una realidad que debe ser
mantenida pues en ella se recluta y forma esa casta o
promoción que garantiza la alta cultura, una elite que
en ningún caso debe identificarse totalmente con la
clase privilegiada o aristocrática de la que proceden
principalmente sus miembros. Cada clase tiene la cultura que produce y le conviene, y aunque, naturalmente, hay coexistencia entre ellas, también hay
marcadas diferencias que tienen que ver con la condición económica de cada cual. No se puede concebir
una cultura idéntica de la aristocracia y del campesinado, por ejemplo, aunque ambas clases compartan muchas cosas, como la religión y la lengua.
Esta idea de clase no es rígida o impermeable
para T. S. Eliot, sino abierta. Una persona de una clase puede pasar a otra superior o bajar a una inferior, y es bueno que así ocurra, aunque ello constituya más una excepción que una regla. Este sistema garantiza un orden estable y a la vez lo expresa, pero en la actualidad está resquebrajado, lo que genera incertidumbre sobre el futuro. La ingenua idea de que, a través de la educación, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, está destruyendo la «alta cultura», pues la única manera de conseguir esa democratización universal de la cultura es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial. Así como la existencia de una elite es indispensable, según Eliot, a su concepción de «alta cultura», también lo es que en una sociedad haya
culturas regionales que nutran a la cultura nacional y, a la vez, que formen parte de ella, existan con su propio perfil y gocen de cierta independencia: «Es importante que un hombre se sienta no sólo ciudadano de una nación en particular, sino ciudadano de un lugar específico de su país, que tenga sus lealtades locales. Esto, como la lealtad con la propia clase, surge de la lealtad hacia la familia» (p. 52).
La cultura se transmite a través de la familia y cuando esta institución deja de funcionar de manera
adecuada el resultado «es el deterioro de la cultura»
(p. 43). Luego de la familia, la principal transmisora de la cultura a lo largo de las generaciones ha sido la Iglesia, no el colegio. No hay que confundir cultura con conocimiento. «Cultura no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida» (p. 41), una manera de ser en la que las formas importan tanto como el contenido. El conocimiento tiene que ver con la evolución de la técnica y las ciencias, y la cultura es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos.Cultura y religión no son la misma cosa, pero no son separables, pues la cultura nació dentro de la religión y, aunque con la evolución histórica de la humanidad se haya ido apartando parcialmente de ella, siempre estará unida a su fuente nutricia por una suerte de cordón umbilical. La religión, «mientras dura, y en su propio campo, da un sentido aparente a la vida, proporciona el marco para la cultura y protege a la masa de la humanidad del aburrimiento y la desesperación» (pp. 3334).
Publicada el: Mar 17 de Abril de 2012. Fuente: Alfaguara
Compartir:
Calle de Amadeo de Saboya 17, 46010 Valencia.
Email:
- Teléfonos: 963 207 186, 963 207 188
Programación Web: diseño web valencia
y Diseño Gráfico: agencia de publicidad valencia.