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Primer capítulo de Tinta de Fernando Trias de Bes

Ella
Mayo de 1900

Alice Thiel entró en la habitación número once del hotel Schwarzkopf cuando su amante ya la esperaba, desnudo, en la cama. La luz del sol pasaba entre los rojizos edificios de la Marktplatz de Maguncia, se filtraba a través de las cortinas, recorría la alfombra y ascendía por las sábanas, un haz preciso, una perfecta secante. La calidez de la luz no alteró la indiferencia de Alice.
—Llegas tarde —dijo él.
Alice no respondió. Se desvistió como una autómata,
como una profesional del sexo. La blusa cayó al suelo;
después, la falda. Se desembarazó de la ropa interior y miró, conteniendo el rencor, al hombre cuya atracción seguía sin comprender. Luego paseó la mirada por la estancia.
Reconoció la mancha azul junto al armario, la alargada grieta de la pared, la quemadura de la lámpara de gas. Y pensó que la rutina no era una sensación ni un sentimiento, sino algo físico.
Alice sabía que él no sentía más que un afán de posesión, de poder o de sumisión ajena. No estaba segura.
Pero Alice no podía hacer nada por eludir su cita semanal en el hotel Schwarzkopf. Muchas otras veces lo había intentado.
Recordó aquella ocasión en que ordenó a su casera
que la encerrase con llave en su propio dormitorio.
—No abras. Ni aunque te lo suplique.
—¿Por qué, Frau Thiel? ¿Por qué debo encerrarla?
Aquel día Alice ató su cuerpo con sus propias sábanas
al cabezal de la cama. Se juró permanecer atada hasta que las campanas de la catedral de Maguncia diesen las doce.
Esta vez no se reuniría con él. Pero, pasadas unas horas, poco antes del mediodía, cual loba subyugada por la luna llena, desató los nudos blancos, se vistió de nuevo y, con voz impostada, mintió a su casera desde la ventana:
—Abre la puerta, todo ha pasado.
Acto seguido, Alice salió de su casa, recorrió las calles de Maguncia como llevada por el diablo, entró por la puerta trasera del hotel, subió la escalera de servicio y se dirigió a la habitación donde su amante la esperaba, hambriento de sumisión.
Lo conoció ese mismo año: 1900. Maguncia había dado
la bienvenida al nuevo siglo con festejos. Algunos adivinos y charlatanes vaticinaron el fin del mundo, decían que estaba escrito en las profecías de Nostradamus, la Biblia, el Corán, que todos los textos apuntaban a la misma fecha. Pero el 1 de enero el sol, la luna y los astros siguieron su curso.
Su primer encuentro tuvo lugar el domingo 13 de
mayo, eso, Alice, no podía olvidarlo. Ocurrió como empiezan las relaciones más complicadas: de una forma
simple. Alice tomaba té en una de las cafeterías de Maguncia cercana a la Kaiserstrasse, la avenida a partir de la cual se extendía la Nuestadt, la moderna ampliación de Maguncia, que crecía con formidable velocidad. A su lado, un hombre sorbía café.
Alice sintió una extraña llamada. Lo miró. Primero,
con disimulo. Después, a intervalos. Nunca recordó con
exactitud quién habló primero. La conversación fue torpe, entrecortada. Él no tenía ningún atractivo, su gesto era más bien torcido.
El desconocido se percató de que había ejercido una
extraña atracción sobre Alice. Tal era la evidencia que se planteó si se trataba de una broma de mal gusto o de una trampa sin sentido. Últimamente, sus únicas relaciones habían sido de pago. Su misoginia se estaba acentuando de forma alarmante. En cambio, aquella desconocida…
Lo que le movió a lanzar su propuesta no emanaba del
deseo, sino de su propio miedo. Sintió frío antes de hablar, un frío intenso como el hielo. Pero el encantamiento ejercía sobre él la misma irresistible fuerza. No hablaron su voluntad ni su deseo, sino su historia y su destino:
—¿Conoce el hotel Schwarzkopf? El martes próximo, a
las doce y media, la espero en la habitación número once.
Y se marchó con un leve y huidizo gesto.
Alice lo vio desaparecer entre la gente. Anotó el día,
hora y lugar en un pedazo de papel. Luego lo rompió y
sintió asco de sí misma, seguido de un extraño deseo de posesión. Pasó los días siguientes inquieta, desviando los ojos cuando su marido le decía esto o aquello, confundida cuando se quedaba a solas. Procuró olvidar la cita, era una absurda petición, debía borrarla de su memoria. Pero llegó el martes y Alice, la mente en blanco y el corazón acelerado, cual sonámbula que obedece órdenes no importa de quién, se dirigió al lugar convenido.
Hicieron el amor. Fue una consumación triste y vacía.
El misterioso amante no le preguntó nada. No deseaba
saber si era casada o soltera; si vivía en la misma Maguncia o pasaba unos días de reposo en el balneario de Wiesbaden; si provenía de una familia acaudalada; si había sentido algo por él o padecía el vicio de las ninfas.
—El martes próximo, a la misma hora, en esta misma
habitación —sentenció, dominado por una intensa culpabilidad, con Alice todavía entre las sábanas, repudiada en lugar de amada.
Alice se juró no regresar.
Pero sí lo hizo.
Y así, de modo sistemático, fue poseída una vez por
semana.
Al inicio era un misterio. Poco a poco, una rutina.
Finalmente, una simbiosis. Una simbiosis cuya naturaleza ambos amantes ignoraban y, a solas, se preguntaban.
La respuesta residía en la piel del desconocido amante
que poseía a Alice. Sus poros contenían minúsculos e
invisibles restos del líquido negro que tantas pasiones despierta. Esa mezcla oscura y densa de ilimitado poder.
Era tinta.

Publicada el: Mié 07 de Diciembre de 2011.  Fuente: Editorial Seix Barral Compartir:

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